Desaparece el responsable, pero el legado persiste

Por: Roberto Candelaresi

Presidió la década del ’90 imponiendo el modelo económico neoliberal, siendo responsable de la subsecuente crisis, y algunas consecuencias aún vigentes.

Con un pasado de clara identificación peronista, líder popular carismático surge democráticamente con promesas de salariazo y revolución productiva para convertirse pragmáticamente al neoliberalismo ideológicamente surgente en la época Consenso de Washington, la doctrina neoliberal.

Un clima especial prevaleció en aquel decenio de su presidencia, en los órdenes político, económico, cultural y moral, semejante tal vez al que describía como en la era de luchas de clases en Francia, previas a las revoluciones burguesas (promediando el s. XIX) Karl Marx.

Su llegada al poder se vio enmarcada por una época en que, sincrónicamente con la caída del muro de Berlín, y la subsecuente implosión y posterior desmantelamiento de la URSS, los movimientos libertarios (anticoloniales) de la posguerra sin esferas de influencia alternativas para negociar se agotaban, como así también los movimientos nacionalistas (o pan nacionalistas) árabes, africanos y latinoamericanos incluso, como el APRA peruano, el PRI mejicano, la Acción Democrática venezolana o el MNR de Bolivia.

Todos ellos habían sido reencauzados hacia un capitalismo con supremacía financiera (imperialista) impuesta por la superpotencia mundial supérstite (EE.UU.), y culturalmente cooptados por el neoliberalismo de Friedman.

Todos ya habían abandonado las vías de construcción de un capitalismo autónomo y nacional, para someterse -en un proceso de transformación paulatino, principalmente de su burguesía dirigencial- a un sistema de integración al orden imperialista. Parte de sus sectores populares también mutaron sus intereses, y claro, asimismo sus demandas.

Cuando el riojano gana con un discurso eufónico pero plagado de imprecisiones, a un opaco candidato radical -que tenía una propuesta de corte liberal-, se desata una hiperinflación ‘feroz’ modulada por los formadores de precio y se producen los proverbiales saqueos (“operados” o no). La incapacidad o ineptitud del gobierno alfonsinista agrava su propia inestabilidad al desnudar su debilidad intrínseca.

Con el antecedente de que su predecesor entrega la banda antes de tiempo, incapaz de enfrentar los grupos de poder concentrados y, la abstracción que resultaba la Tercera Posición a nivel internacional en ese momento (el movimiento de Países No Alineados’ se diluyó por un lapso de ajustes de fuerzas en el escenario internacional), lo impulsó -especulamos- a acceder al dogma imperante y al pedido de un importante sector de la burguesía nacional de adherir a tal credo liberal. De hecho, enhebró acuerdos con la Sociedad Rural, Holdings Agroexportadores y el grupo Clarín. Gran parte de la dirigencia del P.J. lo acompañó en sus políticas derivadas, sin mayores cuestionamientos.

Una gran porción de la burguesía nacional, afín al justicialismo, no parecía contar con el vigor necesario para enfrentar al establishment oligárquico, sempiterno socio del imperialismo. La clase obrera no se había repuesto de la gran debilidad producida en la dictadura (Martínez de Hoz), que la gestión radical no supo o no quiso enmendar, incluso, pretendió reformar sin consensos la estructura gremial dirigencial.

Como intérprete de la etapa mundial, aplicó el orden geopolítico anglosajón, propio del “realismo periférico” teorizado por Carlos Escudé ‘para minimizar costos y riesgos al país y evitar confrontación con los que dictan las órdenes’. Sin embargo, nos llevó a la Guerra del Golfo, a ulteriores consecuencias locales y a un alto grado de debilidad por endeudamiento.

Su alianza con el hegemón, y las acciones para consolidarla, como la apertura del país al capital financiero, minimizando al Estado en la economía, se transformó en la utopía reaccionaria que, transmutación de votantes mediante en el 1995 (y luego de la reforma constitucional negociada con la UCR), lo habilitó para continuar al mando por su 2° periodo, consolidando el recorrido del peronismo por el camino que sus movimientos políticos semejantes del continente ya nombrados, habían iniciado antes alejándose de su esencia.

Instrumentalmente, el gobierno argentino (¿?) adoptó los postulados del Consenso ya citado, que consistía en implementar medidas de estabilización y ajuste de las economías, tuteladas por instituciones con sede en aquella capital: el FMI, el Banco Mundial, la Reserva Federal y el gobierno de EE.UU. [Depto. Del Tesoro] (como gendarme).

La Consigna fue: “luchar” contra el déficit público, reducir el Gasto Fiscal, Reformas Impositivas para moderar la progresividad, Privatizaciones de las Empresas Públicas, liberalización del Comercio, del Mercado de Capitales, y desregulación del Mercado Laboral.

Los Instrumentos formales: Ley de Reforma del Estado (privatizaciones), Decreto de Desregulación (1991).

La ridícula paridad con el dólar (por su naturaleza artificial), el ingente ingreso de capitales (divisas) por las privatizaciones, y la importación indiscriminada de bienes terminados tecnológicos abonaron la ilusión de la “modernidad”, en la que gran parte del pueblo creyó e incluso parte de la dirigencia que la ponderaba (“por fin vivimos como en el primer mundo”!. Estabilizó ciertamente la inflación a la baja (luego de un ajuste en dólares) y con el movimiento de capitales e inversiones el PBI, efectivamente creció.

El costo de la convertibilidad y las privatizaciones fue no solo una disparidad económica que agrandó sus brechas, sino un aumento significativo del desempleo que del 7% lo llevó al 13%, que en la crisis terminal del ciclo superó el 20% ya con De la Rúa. La precarización también impactó en el nivel de pobreza, llevándolo a un inédito 40%. En definitiva, con su espejismo de “Modernización y Estabilidad económica”, empeoró el subdesarrollo.

El daño ‘cultural’ sin embargo, es haber internalizado la ilusión de la posibilidad de “enriquecerse, no mediante la producción, sino mediante el escamoteo de riqueza ajena ya creada”, como enseñaba David Ricardo, ¡casi 2 siglos antes! . Una de sus consecuencias, es la raigambre que alcanzó el liberalismo económico en gran parte de la sociedad, con variantes progresistas y conservadoras.

Instaló la corrupción institucionalizada con aquella base, prueba de ello es que entregó patrimonio nacional con apoyo parlamentario, para lo cual hubo de abandonar los valores nacionalistas y sociales de Perón que proclamaba defender. El pragmatismo político que inauguró, fue asumido por casi todos los partidos hasta el día de hoy, causa del descrédito general, desconfianza y abandono de militancia como otrora. La crisis de representatividad actual es hija de aquella práctica.

El legado menemista lo podemos apreciar hoy en todo su alcance: la falta de herramientas institucionales para regular, producción y precios de insumos estratégicos para la población. En efecto, eliminó las Juntas Nacionales de Carne y de Granos, la Dirección Nac. del Azúcar, la Comisión de la Yerba Mate, el Mercado concentrador Pesquero (MdP), el Instituto Forestal, y así otros entes reguladores y de superintendencia del estado nacional.

Actividades otrora reguladas (medicamentos, mercados de hacienda, transporte automotor de cargas, etc.) fueron asimismo liberadas, y cupos de importación y exportación suprimidos. En definitiva, el ciclo de reformas ‘estructurales’ terminó el trabajo de destrucción productiva y financiarización de la economía comenzada por la Dictadura del ’76.

Claro que un sector de clase media fue beneficiado “temporalmente” mientras preservó sus ingresos, o favorecido por las nuevas actividades económicas de servicios, por ejemplo, los vio crecer. Estos quedaron atrapados por el Consumismo financiado con Deuda Pública. Los shoppings, radicados en la época, deslumbraron a esos sectores medios. Recordemos a Z. Bauman cuando hablaba de la propensión de usar la Tarjeta de Crédito, como si fuera eterna su disponibilidad. La infantilización de la sociedad.

Conclusiones:

La política no es cuestión de virtudes morales, sino de resultados, especialmente los de largo plazo. De su paso en la primera Magistratura, podemos observar que instauró una matriz de políticas que, implementadas, resultaron dañinas para el país y con secuelas persistentes.

Los indicadores que utilizamos son los índices de Inequidad Social, la Destrucción Productiva verificada, el Vaciamiento Estatal por pérdida de sus facultades y/o capacidades de contralor y arbitraje, la prevalencia de la renta financiera sobre la actividad productiva en general según datos estadísticos de la AFIP, la actitud de un gran porcentaje de dirigentes jóvenes permeables a idearios extranjeros y extranjerizantes, la impunidad y el desparpajo indecente con que se conducen algunos dirigentes y funcionarios de la derecha, y el peor legado de todos tal vez; una contaminación judicial escandalosa, especialmente en el fuero federal de la capital, recreado por su reforma y con personajes venales e impúdicamente parciales, nombrados por el recientemente fallecido.

Ojalá la soledad que acompañó sus restos hacia el sepulcro, confirme la sensación de que la sociedad haya aprendido de esos errores, que todavía signan nuestro presente y futuro. Ojalá el país todo, recupere un proyecto nacional, soberano y con justicia social.

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