Los límites de la Política en la hegemonía liberal

Por: Roberto Candelaresi

En su afán por absorberlo todo, la voracidad capitalista del siglo XXI arrasa con las identidades particulares (incluyendo disidencias sexuales) mientras simula reverenciarlas. La propaganda neoliberal incorpora todo, y absorbe cualquier causa social.

Se plantea en la actualidad un desafío; que la cosmovisión globalista liberal impone ciertos límites para construir políticamente. Es por ello, que hay que repensar para discutir algo más que la matriz económica del orden social, en cuestiones esenciales que hacen al campo popular.

Pensar al hombre no como en su calidad de consumidor, y la “inclusión” que se propicia en los mismos términos para que todos se integren al sistema, pues eso sería un horizonte demasiado acotado, a la vez que asumir que la economía es la del señorío, y la política su sierva obediente de la acumulación privada.

El tema está en los valores que los individuos abrazan, en términos del sentido que le dan a la vida en sociedad. La libertad absoluta para adoptar una fe y una forma de vida sin consideraciones hacia el prójimo, es una alternativa que cada día, es más y más adoptada por individuos que relegan en el mercado la calidad de “ordenador”. Este sin embargo, propicia la forma de vida más hedonista, vg. consumidora, recicladora del capital.

Si el reto de la política significa solo “agrandar la torta” para repartir, o solo otorgar derechos / beneficios, representa asumir implícitamente que todos buscamos el mismo objetivo, lo cual desdibuja las alternativas partidarias, confundiendo todo.

Se trata -suponemos- de definir, y eso es la interpelación existencial que, desde este lado de la grieta, el popular, nacional e independiente, que tipo de ciudadano queremos; el sometido a las pautas del mercado, al ordenamiento por riquezas y poder, o el indómito, el emancipado, el solidario. ¿Acaso se extinguió la posibilidad de otro mundo posible, por el cual luchar? Decretamos la muerte de la utopía, pero también ¿la del cambio potencial?

La comunidad organizada centra su sujeto en el pueblo, en tanto comunidad, y no en el estado, la clase o raza, características estas últimas que subyacen en las inveteradas posiciones comunistas o fascistas, que parecen estar resurgiendo en la contemporaneidad.

Por otra parte, para el verdadero ‘despertar crítico’ y cambio consecuente de la realidad, se logra mediante auténticos revolucionarios comprometidos que adhieren voluntariamente a una causa de “evolución”, que la encarnan y militan con su razonamiento y discurso, que, en definitiva, coadyuva a radicalizar el “sentido común”, subvirtiendo los falsos valores inoculados o al menos, denunciándolos como ilusorios.

Todo ello, nos previene de ser instrumentos de nadie, de modo que no se sigue a ‘vanguardias iluminadas’ o líderes autoproclamados. La decisión es genuina, y asume el riesgo por no tener garantías de éxito, pero es de todo consciente. En otras palabras, de una existencia auténtica, no alienada.

La única posibilidad de contar con un mundo propio, y rechazar ser o tener una actitud condescendiente ante el mundo enajenado, que ofrece solo entretenimiento para no enfrentar la Realidad y “proceder en consecuencia”. Este es el sujeto político que debe emerger, (o multiplicarse en realidad). Es un tema Ontológico, antes que ideológico.

¿Cómo hizo el (neo)liberalismo para sostenerse en el mundo pese a sus manifiestos ‘fracasos’ (para los menos pudientes) y crisis recurrentes?: Instalando dispositivos anti comunistas y anti fascistas, generando temor por las ideologías subyacentes. Los servicios comunicacionales y de inteligencia occidentales, ya hacia fines del siglo pasado, habían logrado vencer las oposiciones socialistas y nacionalistas, y evitaron su confluencia. La llamada Estrategia de la tensión, aplicada en varios países, -pero ‘descubierta’ en Italia-, en la guerra fría es un ejemplo cabal de tácticas para controlar y manipular la opinión pública, desplegando todo tipo de acciones para infundir miedo en la población.

Lo propio aconteció en nuestro país; nacionalistas y conservadores fueron convencidos de la que la amenaza era el ateísmo rojo de los revolucionarios de izquierda, (y para el caso, cualquier causa de los trabajadores) y NO el nihilismo intrínseco de la sociedad de mercado y su relativismo posmoderno.

Los socialistas y comunistas, fueron convencidos de la amenaza fascista, con lo que los sumaron a la defensa de la república liberal, también reputan a todo compromiso con la liberación nacional como sinónimo de fascismo, o que la adhesión religiosa o pertenencia a las FFAA era signo unívoco de recurso del gran Capital.

Con una maniobra pendular, se alían con unos para la contra de otros, y luego viceversa, hasta ponerlos fuera de órbita a ambos.

El único que se le opone hoy a la hegemonía neoliberal es el populismo, y lo experimentamos claramente en América Latina.

Ahora bien, a pesar de sus crisis y reinvención permanente, el liberalismo reina casi absolutamente. Una de las claves de su triunfo, es que se ubica en el “centro” (se connota equilibrio), pero se puede caracterizar de derecha o conservador en lo económico (defensor del libre mercado global) y de izquierda o progresista en materia de valores.

Sus críticos, al menos muchos de ellos, son liberales de derecha (libertarios) o liberales de izquierda (progresistas), no parecen ser opciones “revolucionarias” válidas (reales).

Hay un populismo de izquierda financiado por Soros, y otro de derecha orientado por Bannon. Las disputas entre ellas, en el sentido de ‘revolver’ el sistema, es totalmente inconducente!. El peronismo doctrinario confronta con ambas, no puede asociarse con ninguna. Funda sus principios en los clásicos (ontología), no en los ‘modernos’ filósofos (materialismo e inmanencia) y las ve como pseudo-críticas.

Su lucha principal no obstante es (debería ser), contra la tiranía del ‘centro’, un liberalismo completo, a la que opone un populismo integral (valores estables y revolucionario en materia económica, social y política).

Concluyendo, el (neo)liberalismo es por definición un orden socio-político nihilista que corroe las fuerzas éticas de los pueblos, transmutándolos en hedonistas sin aliento espiritual ni capacidad de movilización por otra causa. Los roles de las oposiciones y rebeldías políticas son del mismo libreto, los revolucionarios son millonarios partícipes a veces del propio establishment, empeora la ya tan difundida ‘crisis de representación política. Aunque en muchas sociedades se monten competencias electorales y se resuelvan con quien mejor ‘mida’, para el apoyo de corporaciones y bancos que financiarán al tal candidato, desde el punto de vista popular no debe creerse que esa dinámica (paródica) llevará a un hito de cambio, o compromiso honesto de actores del poder fáctico.

El mundo puede cambiar desde ‘afuera’, si se desatan crisis multi-escénicas por el choque entre superpotencias, o por un mero reacomodamiento en la relación de fuerzas de estos actores. La declinación de EE.UU. (y la emergencia China como nuevo hegemón) puede traer aparejado un riesgo sistémico y una situación potencialmente caótica e insurreccional en el hemisferio occidental, principalmente.

Ante ese temor coyuntural, se profundizan en algunos países, sus rasgos represivos, control de opinión en las redes sociales, imposición de discursos moderados, encarcelamientos preventivos de opositores o disidentes, etc.

En definitiva, un clima irrespirable que, sumado a los trastornos opresivos por la pandemia, puede promover un estallido de cambio, por parte de estos “terroristas domésticos”. Entropía pura.

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