MERCOSUR 30° aniversario: Un cumpleaños con stress regional y participantes con distanciamiento

Por: Roberto Candelaresi

Días atrás, el Mercado Común del Sur llegó a sus 30 años de existencia. El Bloque económico, conformado originalmente por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, fue creado con el objetivo de aumentar la eficiencia y la competencia entre las economías incluidas. En efecto, con fuertes antecedentes de acercamientos y convenios entre los gobiernos postdictaduras de la región, especialmente entre los grandes Brasil y Argentina desde mediados de los ‘80, el 26 de marzo de 1991 se selló el Tratado de Asunción entre nuestros países, el cual porta el nombre de Mercosur y establece un área de libre comercio en todo el territorio de los signatarios.

En fases posteriores, se han incorporado Venezuela (*momentáneamente suspendida su membresía) y Bolivia, en proceso de adhesión. Asimismo, ha establecido múltiples acuerdos con países o grupos de países, otorgándoles, en algunos casos, carácter de Estados Asociados –países sudamericanos–. Estos participan en actividades y reuniones del bloque y cuentan con preferencias comerciales con los Estados Partes, tal el caso de Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Perú y Surinam. El MERCOSUR también ha firmado acuerdos de tipo comercial, político o de cooperación con una diversa cantidad de naciones y organismos en los cinco continentes.

La unión representa un territorio de casi 15.000.000 de km², con cerca de 300 millones de habitantes y conforma la 5ª economía del mundo. Como se advierte, datos nada desdeñables, especialmente si consideramos adicionalmente la riqueza de recursos naturales disponibles, que mas temprano que tarde, atraerán ingentes inversiones productivas.

El MERCOSUR puede definirse como un proceso de integración regional instituido, proceso que su historia reivindica como abierto y dinámico, y, un espacio común que generara oportunidades comerciales y de inversiones, a través de la integración competitiva de las economías nacionales al mercado internacional.

Repasando su historia institucional, se destacan claramente algunos diferentes ciclos cumplidos, sucintamente; de la unión con fines comerciales de origen, giró a un bloque político que hizo escuchar su voz en los foros, a una rutina de indolencia y juegos individuales hasta la casi fractura actual.

Aquellos períodos, no solo son efectos de las matrices cambiantes por nuevos actores emergentes en la globalización, también – y con más razón – la consecuencia de los ritmos políticos que mutan signos políticos en los diferentes países miembros, que dejan su impronta en el plano operativo, que es el que mide resultados.

Desde la etapa preparatoria y durante todo el 1er tercio de su historia (’90s), el neoliberalismo económico dominó el bloque, todos sus miembros se encolumnaron buscando el mayor rendimiento empresario.

Esa alineación, determinó el impulso en el desarrollo y planificación de estrategias para asentar el bloque, coincidente con el momentum geopolítico clave: la era de consolidación de gobiernos democráticos postdictaduras “militares”.

Estos esfuerzos de apertura, naturalmente contaron con el beneplácito de EEUU como el de la Comunidad Europea, que vieron facilitadas sus intenciones de negociar en bloque.

A comienzos del siglo XXI, hubo una oleada de partidos populares en los 4 países fundadores que se hizo con el poder, e imprimió un fuerte cambio de orientación, destaquemos que aunque Paraguay tuvo su experiencia más corta en el sentido “democrático popular” con la pronta remoción de Fernando Lugo, su condición de miembro menor de la unión, lo “obligó” a adecuarse al rumbo de la mayoría.

En esa época ya se intentó la incorporación de Venezuela bajo conducción de Hugo Chávez, que con su condición de potencia petrolera y apreciable economía, renovaba el impulso integrador sumando potencia. Paraguay no prestó su voto para su inclusión rápida, lo que trabó la cuestión.

El sistema es por unanimidad, para tratar temas trascendentes. De cualquier modo, ese fue el período más productivo porque no se habló solo de integración económica sino también de ciudadanía, educación, salud y todo lo atinente al habitante de a pie.

En la 3er década del bloque, [2011 …] las ganancias netas por las ventas de commodities, especialmente a China, comenzaron a menguar por dos motivos básicos: los picos de precios de la década anterior se deflacionaron y tendieron a estabilizarse, y, por otra parte, el fuerte impulso chino para colocar sus productos manufacturados invadió los mercados latinoamericanos, menguando el saldo de la balanza comercial.

La nueva oleada – Pero como nada es definitivo en la política, la ola progresista tuvo un final, cuando en Brasil, destituyen a Dilma, y en Argentina el ballotage es ganado por una coalición de derecha liberal y reaccionaria. El estancamiento (o bajo crecimiento) de las naciones miembros, había impactado en merma de intercambio interno, y cierto agotamiento económico -social que, en la sociedad se plasmó como “vientos de cambio” que posibilitaron sumar votos a fuerzas de derecha, o tolerar graves cambios institucionales.

En ambos países, como es de manual, y en perfecta sintonía, las elites conservadoras locales (sectores más retrógrados) reflotaron su permanente alianza con EE.UU. y, con su automática alineación geopolítica retrotrajeron al inveterado sistema de dominación colonial, que implicó – entre otras acciones – la expulsión de Venezuela, la paralización de algunas obras financiadas por China, etc.

El caso de Uruguay, que con un gobierno de izquierda en el poder podría desentonar, en realidad su calidad de ‘pequeño país’ pivote, ha caracterizado a sus gobiernos como oportunistas, esto es, más allá de las coincidencias ideológicas, han sido siempre la celestina que permitía el ingreso de los intereses de Washington en la región, o hacer la suya si hay interés material en el medio, como con Finlandia con pasteras o Reino Unido con vuelos y barcos atendidos.

Hacia el final de la alianza de gobiernos oligárquicos en la región, un momento de auge para negocios globales y circunstancias más favorables hacia la apertura mercantil, combinada con la correspondiente avidez y predisposición de la contraparte europea para negociar intercambios (cuyos términos suelen favorecerlos), se ‘logró’ un acuerdo MERCOSUR / UNION EUROPEA. (Aún en revisión y sin ratificación parlamentaria, con fuertes cuestionamientos sectoriales, en ambos continentes). En este mismo lapso (2015/2019), el estancamiento de ambas economías marcó la marcha del decrecimiento intrarregional.

En esta última fase [2020 …], con Venezuela suspendida y Bolivia -que recién recupera el gobierno democrático- aún no miembro pleno, Argentina con una conducción de centro-izquierda de A. Fernández parece ser la única que propende a la integración, la comunión de políticas sanitarias, culturales, educativas y otras que supieron beneficiar al bienestar de los pueblos, materias que postergan en pro del rendimiento de los empresarios y la vinculación con el resto del mundo a como dé lugar, sus colegas conservadores (de derecha) Abdo Benítez de Paraguay, Lacalle Pou de Uruguay y (ultraderecha) Bolsonaro de Brasil.

Desde 2020, el bloque se presenta fracturado. Mientras Brasil, Paraguay y Uruguay tienen más ganas de abrirse a los grandes capitales transnacionales, aunque ello implique un gran daño a la vida de los ciudadanos, Argentina quiere recuperar (aunque tibiamente porque ni habla de Venezuela) “algo” del segundo momento, que fue el de la dignidad, pero todo parece quedar lejos.

El gobierno argentino sugirió la creación de un Observatorio para la calidad de la democracia y otro del medio ambiente. Reivindicó la labor del PARLASUR, organismo desatendido virtualmente – y hasta boicoteado – por el resto de los miembros. Coordinar políticas de protección de género para todos los países signatarios, y establecer una política sanitaria común y solidaria, atento al avance de la pandemia del COVID, harto difícil de combatir. Todas propuestas que no parecen entusiasmar al resto.

Jair Bolsonaro y Luis Lacalle Pou (“esto es un lastre”), repiten como letanía “la apertura de nuestros mercados con estímulos a la inversión extranjera”, como si se hubiera extraído de esas políticas ya practicadas en la región algún beneficio neto, si no todo lo contrario; desindustrialización, alto endeudamiento, pérdida de soberanía alimentaria, etc. No se contempla tampoco la suerte de la masa trabajadora local, solo se propende al “ingreso de capitales” y al consumo (infantil a largo plazo).

Una manifestación muy elocuente del desencuentro actual entre gobiernos (o de sus perspectivas) tuvo lugar en el acto virtual conmemorativo de los 30 años de la fundación. Cada cual reafirmó su enfoque. Pero se suscitó un incidente cuando Lacalle de Uruguay calificó como “lastre” al Mercosur, que fue inmediatamente replicado por Fernández, «al que no le gusta el barco, se puede bajar» (sic). Uruguay solicitó una reunión a fin de abril a nivel de cancilleres y ministros de economía para debatir ‘el futuro’ en el contexto regional e internacional.

Pero las discusiones han sido siempre comunes en su seno, explicamos los diversos vaivenes doctrinarios que se le pretenden adosar, pero la organización siempre estuvo también tensionada entre su ambición y su realidad.

Existen cíclicas discusiones ‘refundacionales’ que concluyen en pragmáticos derroteros comerciales o mejoras de infraestructura. Prima siempre su esencia, el acuerdo comercial aduanero configurado como espacio intrarregional que favorece y simplifica la circulación y el comercio interno. Pero veamos las diferencias de enfoque, (amén de las asimetrías evidentes entre los dos grandes y los más pequeños), que producen tales divergencias de opinión, y altera la sensibilidad de los gobiernos, impidiendo los acuerdos.

  • Uno podríamos llamarlo el ‘tradicional’ mercantilista, el poder de lobby reside en grupos empresarios, vinculados a sectores primarios dominantes, y operando en política mediante grupos de interés conservadores. (Brasil, Paraguay, Uruguay). Esta postura es llamada de “desacople” [con la región] e inserción con flujos desregulados extrazona.
  • La visión adversa podemos llamarla de ‘integración’ o industrialista, cuyas características son los Estados comprometidos con proyectos estratégicos, con legitimidad social y burocracias empoderadas y RR.HH. capacitados para desarrollar otros enfoques no tradicionales (centro de investigaciones). (Argentina, Venezuela). Desde la perspectiva política, la posición se la conoce como de “inserción afirmativa” [voz propia hacia fuera].

En este punto, señalemos que el BID, en su informe de 2019, emitió un documento sobre el Mercosur con un título elocuente; «Un cambio necesario», diagnosticando el fracaso de la unión, y sugiriendo una “flexibilización” para “relanzarlo” a las corrientes globales. Típico.

El problema actual es, que ni la industrialización ni la integración avanzan, en momentos de caída del comercio intrarregional, y, se afirma la exportación primaria y la demanda-oferta China presiona, abriendo los afanes flexibilizadores y aperturistas y las tendencias de cada uno por su cuenta. Cuando es razonable plantear una postura defensiva común.

Lamentablemente, a pesar de haber logrado nuevos acuerdos con diversas regiones y países que permanecen en estado potencial por la incapacidad de crear flujos estables y significativos, en los hechos, prima más el interés nacional que una perspectiva estratégica y regional. Por ello, puede resultar un ‘lastre’ para algunos.

Las presiones del departamento de estado por debilitar al Mercosur se han intensificado toda vez que predominaron los gobiernos de derecha (pro mercado) en la región. La desintegración de las iniciativas por el nuevo regionalismo emancipatorio, tales como UNASUR y ALBA es harto elocuente en ese sentido. El colonialismo sigue intacto, tal como se aprecia.

La cooperación entre países es comparativamente escasa, y no se está discutiendo en su seno, al menos a nivel ministerial algunos temas, que como bloque deberían ser definidos en común, tal como la transición energética que se plantea a nivel global, la preservación de recursos y la salida de la trampa del extractivismo, el cambio climático, etc.

Debe propiciarse la creación de un centro de investigación común (existe uno en Montevideo, pero financiado por el gobierno canadiense, por lo tanto no autónomo), para desarrollar estos y otros temas de interés común y poder modificar los obsoletos enfoques que hoy se usan.

Tempos difíciles para discursos vacíos. La pandemia expuso las falencias estructurales de los países, por cierto, asimétricas, pero que afectan a todos. A su vez, el estado de las políticas domésticas se halla en ebullición, por acuerdos o desacuerdos sociales dominantes, por la lucha de crear sentido, por la disputa evidente de intereses y proyectos, pero en casi todas las sociedades, el comportamiento de ciertos actores, ha dañado la necesaria consistencia para su buen funcionamiento, como consecuencia, la ausencia de confianza interpersonal y en las instituciones prevalecen en la opinión pública.

Es por ello, que esta crisis generalizada de la política en general, y de representación en particular, provoca la imposibilidad de que se sostengan en el tiempo, algunos avances en materia de derechos, de modo de desencadenar procesos acumulativos que perpetúen en el tiempo. Todo esto, se traslada al nivel regional, y del mismo modo, provoca vaivenes en los rumbos que deriva el bloque del mercado del sur en el mundo, cuyo escenario es de por sí incierto, en medio de una crisis sanitaria y económica compleja.

Pero se impone transformar esta alianza incómoda, mediante un Plan de Acción Común, para atender a los nuevos desafíos pos-pandemia, teniendo presente, pero al mismo tiempo poniendo en valor, las inmensas riquezas naturales y la capacidad humana para explotarlas racionalmente, para el beneficio de nuestros pueblos, no para el “desarrollo de infraestructura extractiva” y garantizar las provisiones de terceros. Mientras, la condición de 5ª economía del mundo, nos da la posibilidad para repartir tareas (y beneficios) entre nosotros para el propio crecimiento y distribución mientras esperamos la más ventajosa inserción.

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