El señorío neoliberal socavando la democracia

Por: Roberto Candelaresi

En un mundo donde prevalece la tecnología por sobre toda otro arte humano. De hecho, se considera ahora en el mundo científico que estamos en una nueva era geológica, el Antropoceno [ “Edad de los Humanos”], que da por terminada la que conocíamos hasta ahora como el Holoceno [etapa que habría comenzado unos 11.700 años atrás, con la desglaciación, la dispersión de humanos por el mundo y el inicio de la agricultura y ganadería]. Es decir, que la Tierra está cambiando aceleradamente por la actividad humana, la pérdida de la biodiversidad, por ejemplo.

Aún se discute situar el inicio de esta era de tanto impacto por el Hombre en el planeta, algunos lo remontan al inicio de la revolución industrial, otra posibilidad, tomando en cuenta la importancia de que la marca haya dejado una impronta global, es definir el inicio del Antropoceno por la aparición de los radioisótopos -isótopos radioactivos-, producto de las bombas atómicas de los años ‘40 y ‘50. Lo que nadie discute es la huella concreta de la sociedad humana en los sistemas naturales.

Hacia el porvenir enfrentamos dos amenazas existenciales –que pueden, o exterminarnos o crear un severo impacto en nuestra forma de vida–: la guerra nuclear (aún la limitada o táctica) y, una catástrofe medioambiental.

Desde hace unos 45 años, o poco más, ocurrió otro acontecimiento, el advenimiento del neoliberalismo, con cuya filosofía y efectos prácticos, se eliminó o debilitó algunas barreras que existían contra esas amenazas. Desde la posguerra hasta mediados de los ’70, hubo una época de transición con un gran periodo de crecimiento, de incremento igualitario, progreso en la justicia social, etc. Ese lapso, llamado “la edad de oro del capitalismo moderno”, se gestó y sostuvo con la directa participación del Estado, que a su vez se conoció como estado de bienestar.

En Europa especialmente y otras partes del hemisferio norte , expresado cuando en el poder como la socialdemocracia, mientras que en Latinoamérica fueron los movimientos populares de corte nacionalistas que llevaron tales prácticas a cabo, el más destacable sin duda en la región es el Peronismo.

¿Qué es realmente el neoliberalismo?

El neoliberalismo es un modelo que aspira a imponerse como regulador de la vida política, económica, social, cultural, y también de los entornos naturales. Su implementación se realiza a través de una receta universal, que no requiere adaptación a las realidades y particularidades de cada país o región. Esto no se debe a la implacabilidad de su concepción teórica ni a la adecuación de su praxis, sino al objetivo central que se supone que debe alcanzar este modelo: crear las mejores condiciones posibles para la acumulación capitalista.

Con una visión estrictamente utilitarista de la economía y de la sociedad, el neoliberalismo en el marco de la globalización económica es una forma de someter a los Estados-nación a los intereses del capitalismo mundial. El Estado sigue siendo un actor clave que interviene fuertemente en la economía, aunque no en oposición ni como fuerza compensadora o reequilibrante frente al mercado, sino directamente alineado y subordinado a él.

En el paradigma neoliberal, la renta del capital y el balance de indicadores macroeconómicos tienen primacía absoluta sobre la inclusión y la cohesión social, lo que necesariamente conlleva un costo social amplio y profundo en los territorios donde se lanza. Si las ideas imaginadas por los académicos de la escuela de Chicago y promovidas por el poder económico transnacional a partir de la década de 1970, no respondieran a los intereses de la clase dominante mundial, el modelo neoliberal sería considerado un gran fracaso en la historia del pensamiento y de la práctica de la disciplina económica.

La historia del establecimiento del neoliberalismo se ha relacionado con la deuda externa, particularmente en Latinoamérica y otros países periféricos, aún en los europeos no centrales. En efecto, los gobiernos militares generaron una colosal deuda externa y provocaron, manu militari, el desmantelamiento del Estado y la articulación de una nueva forma de dependencia económica y dominación política. Así, con el pretexto de reducir el déficit público y liberar divisas para pagar esa deuda externa, en los años siguientes se empezaron a aplicar dogmas neoliberales en la región. Planes de ajuste estructural (SAP) se llamaron. Un unívoco resultado: la enorme ampliación de la brecha entre las clases populares y las élites.

Marcas y secuelas del neoliberalismo

El Consenso de Washington fue el marco dentro del cual se formalizó la hegemonía del neoliberalismo en toda América Latina. Los ejes centrales de las políticas propuestas por el Consenso fueron: desregulación económica, privatización, reducción del nivel de salarios, apertura y liberalización del flujo de bienes y capitales extranjeros, y prioridad de los intereses del capital financiero [todo ello para “honrar” las enormes deudas – con demenciales intereses, productos de las permanentes renegociaciones, que a veces superaban el capital original – y obtener inversiones para “crecer”].

El resultado del modelo aplicado, invariablemente ha sido el mismo en todos los países, y no merecen discusión, ya que los datos se colectan bajo ciertos protocolos universales empleando idénticos indicadores, hay por lo demás, abundante literatura científica con investigaciones, relevamientos, estadísticas comparadas, etc., todo lo cual conforma un corpus empírico incontrastable.

Los descriptivos son; en el área Socio-Económica: mayor desigualdad, más desempleo y precarización del trabajo, crecimiento de la pobreza / empobrecimiento de la clase media. Este deterioro de las condiciones de vida de la mayoría implica una movilidad social descendente: gran parte de las clases medias se incorpora a la creciente “nueva pobreza” como consecuencia.

A su vez, en el área Socio-Política el producido es: Recorte de derechos y decadencia democrática. La transferencia del poder a las élites económicas globales, con la connivencia de las instituciones políticas nacionales, representa un paso adelante en la expropiación de la soberanía popular y la restricción de los derechos sociales y políticos.

La ciudadanía se limita y la POLÍTICA se vacia de su contenido, situación que se agrava cuando las políticas económicas rigen la vida social, y son dictadas por un organismo transnacional como el BM o el FMI, en cuyo caso la democracia se reduce a un mecanismo electivo de quien ejecutará las decisiones foráneas, y por tanto, la política nacional se vacía de poder.

El equilibrio del presupuesto público se busca recortando las partidas directamente vinculadas a los derechos sociales de grandes mayorías, a pesar de la enorme evasión (o fraude) fiscal de los grandes capitales. En nombre de la “eficiencia” se ponen en marcha procesos de mercantilización y privatización: así, los que eran derechos se convierten en mercancías, accesibles sólo para quienes tienen la capacidad de comprarlos. Asimismo, existen otros tipos de intervención estatal, como aplazamiento de la edad de jubilación, reducción de salarios, reducción del seguro de desempleo, limitación o eliminación de beneficios sociales y laborales, entre otros.

Las instituciones políticas comienzan a sufrir una crisis de legitimidad, reduciéndose la afección social y la participación electoral. En muchos países de Latinoamérica disminuyeron los niveles de participación electoral, pero también en todas las naciones del orbe influidos o sometidos por las premisas neoliberales, se verifican los comicios más abstencionistas de la democracia representativa.
En síntesis, conforme a encuestas de opinión, una minoría importante (30-40%) de la ciudadanía considera que el voto no tiene poder de cambio: un “desencanto con la democracia” (Corporación Latinobarómetro, 2004). Si verificamos que el guarismo crece, con esa perspectiva histórica se puede apreciar la evolución del descrédito de los políticos en general, los partidos políticos y la política.

El neoliberalismo “en operaciones”

El principio fundamental del neoliberalismo fue y es desactivar los mecanismos de solidaridad social y soporte mutuo, y el compromiso popular en la determinación de las políticas. No se llama así. Se le llama “libertad”, pero “libertad” implica subordinación a las decisiones de un poder concentrado, no responsable, privado. Eso es lo que significa. Las instituciones gubernamentales –u otros tipos de asociaciones que posibilitan la participación de la gente en la toma de decisiones– son sistemáticamente debilitadas. Margaret Thatcher lo dijo muy educadamente: «la sociedad no existe, solo existen individuos» (ideal neoliberal), en tanto que K. Marx condenaría; «…solo individuos, una masa amorfa que no puede actuar conjuntamente»”.

Se desacredita – si no se puede destruir – los mecanismos gubernamentales con los que en principio, la gente puede participar en una sociedad democrática; se vacían de contenido sus decisiones, por ejemplo; haciendo “no vinculante” todo tipo de expresiones públicas en audiencias, plebiscitos o consultas populares que no se definan de otro modo. Se descalifican – por ejemplo – a los sindicatos y otras formas de asociaciones, y mientras tanto se transfieren la toma de decisiones a poderes privados y no responsables, todo esto bajo la prédica de la libertad.

Que puede impedir la concreción de los grandes peligros que acechan a todos por igual si no es a través de una sociedad comprometida, informada, que actúe en conjunto para hacer frente a esas amenazas, creando medios para responder a ellas.

Pero como decimos, la sociedad ha sido deliberadamente debilitada con desinformación, con la imposición de agendas que solo desvían la atención de quienes realmente generan los peligros. En la actualidad, las sociedades se transformaron desde los ‘militantes’ ’70 en más pasivas y apáticas, con democracias “moderadas”. Los programas neoliberales minimizan las molestias que podrían padecer ciertas élites.

La paradoja de los nacionalismos

Existe un fenómeno mundial real que resultaba predecible, cuando se imponen políticas socioeconómicas como ya describimos arriba, que conducen al estancamiento o al declive para la mayoría de la población, a deslegitimar la democracia, a que las decisiones políticas no estén en manos del pueblo, el resultado es gente descontenta, enfurecida y atemorizada. Y este es el fenómeno que, de forma falaz, se conoce como “el populismo”, en un sentido peyorativo y por tanto, discriminador.

Los datos de la realidad, incontrastables, señalan que incluso en una sociedad tan grande y rica como la de Estados Unidos (aún habiendo sufrido con menor intensidad algunas de estas políticas de ajuste típicas del neoliberalismo), como resultado de esas décadas del sistema capitalista de ese tipo, su “magnífica” economía en momentos previos al derrumbe fianciero del 2008, no se había contraído ni estancado, crecía a ritmo moderadamemente sostenido, pero sus salarios estaban por debajo de los de 1979. Sin embargo, tal vez por un ‘problema’ del sistema comunicacional, casi nadie percibe esa realidad con claridad, se asume con naturalidad esta pérdida del poder adquisitivo del salario, por la simple evolución de la economía, sin que hubieren existido situaciones catastróficas, o guerras significativas (en el sentido que involucren gran parte de su aparato militar y defensivo), a la vez que, nadie cuestiona las riquezas amasadas en el mismo periodo por pocas y privilegiadas fortunas.

Es en la época que comenzaron a decrecer los salarios, se crearon nuevas instituciones; instituciones financieras. Éstas se abultaron a gran escala drásticamente, sus beneficios se decuplicaron en los años 2000, porque se desconectaron de la economía real (Pura especulación con valores y mercados virtuales, activos financieros, “derivados”, precios futuros, etc.).

En aquella época dorada previa, los bancos estaban conectados con la economía real. La función era financiar la producción y el consumo. No había caídas en la banca además porque había regulaciones de los mercados financieros (que fueron luego removidas por imperio de las premisas del neoliberalismo).

Por otra parte, culturalmente la democracia se desacredita con acciones u omisiones que los propios gobiernos ejercen, como ya indicamos precedentemente. Tomemos por ejemplo el caso de los países europeos de la Unión, los estados nacionales han cedido (formal o informalmente) tanta soberanía, que las condiciones económicas (materiales) de vida de su población, se deciden en organismos como la Comisión Europea, el Banco Central Europeo o el FMI por caso, que son instituciones cuyos funcionarios ejercen poder imponiendo políticas económicas sin haber sido votados, y cuyas consecuencias sí padecen las sociedades nacionales.

El resultado es en la ciudadanía de una sensación (real) de pérdida de control sobre sus vidas, a lo que sobreviene descontento, desilución, e ira incluso, todo sobre “el sistema democrático”, pues por ‘sentido común neoliberal internalizado’ no visualizan alternativas, las cosas son así, “racionalmente”. Lo paradójico es que ese funcionamiento no tiene mucho de democrático.

En otros trabajos ya hemos caracterizado la crisis de representatividad de los grandes partidos (tradicionales) y sus trepidantes rumbos, que contribuyen a veces, no solo al descrédito de la población sino a la confusión de esta, frente a opciones electorales. La experiencia indica, y esto incluye a la potencia hegemónica, que cuando emergen candidatos que no provienen del establishment, pueden movilizar a las masas (Trump) pero una vez en el poder, el “antiguo sistema” retoma la dirección del país. Desafiar esa práctica, suele ser muy onerosa para el dirigente disidente.

Volviendo al marco de referencia, digamos que las amenazas que se ciernen sobre la civilización toda, son reales, y amén de la desigualdad o el estancamiento de las mayorías (solo imaginativamente diferidas por el consumismo y el endeudamiento perenne), que socialmente se deberían debatir y modificar para el equilibrio, si no ponemos regulaciones democráticas (participativas), tanto al armamentismo tecnológico, como al cuidado del planeta (en serio, no retórico); el futuro es apocalíptico.

Las sociedades deben concientizarse y salir del estado de perplejidad ante la tormenta y pasar directamente a la acción. La ira que muchos sienten, es en realidad resentimiento contra las políticas socioeconómicas que han dañado a la mayor parte de la población durante las últimas generaciones que, conscientemente y como principio, han desvirtuado la participación democrática.

La característica distintiva del mundo actual, al menos en el hemisferio occidental, es que la promesa de la modernidad por la igualdad, colisiona con una masiva disparidad de poder, educación, estatus, recursos, etc. tal como se distribuye materialmente.

Desde el activismo de los ’60, que tanta preocupación les produjera a la élite, por cuanto que del tumulto suele surgir la concientización [del estado real y relativo de las cosas], y esto de por sí les representa el verdadero peligro. Muchos sectores sociales y económicos minoritarios, de pronto pretenden entrar en la escena política de una u otra forma para presentar sus intereses y preocupaciones. Los llaman de “especial interés”. En realidad, la sumatoria de tales sectores constituye la propia población, que para las élites, según su concepción social, debe permanecer en observación silenciosa … mientras “se gesta la historia”.

La gesta intelectual del neoliberalismo: Sus dos vertientes

En lo que podríamos denominar la “primera ola de preocupación por la democracia”, cuya síntesis quedó plasmada en el informe de la Comisión Trilateral para la democracia de 1975 “The Crisis of Democracy”, dirigido por académicos, claramente se identificaba el interés de los países democráticos de Europa, Norteamérica y Japón de mejorar el funcionamiento de sus sistemas políticos, aumentando los niveles de gobernabilidad y legitimidad interna como prerrequisito para impulsar un orden internacional que facilitara la “cooperación” entre regiones democráticas.

Así, uno de los autores, Samuel Huntington (Harvard), admitió su nostalgia de los días en los que, «Truman era capaz de dirigir el país con la ayuda de unos cuantos ejecutivos y abogados de Wall Street; en ese momento todo estaba bien, la democracia era perfecta ». Pero, los convulsionados ’60 complicaron las cosas para los “señores del poder”, con tantas protestas y grupos de interés tratando de entrar en la política para cambiar las cosas [léase la correlación del poder decisorio, o su distribución], demasiada presión para unos Estados que no estaban diseñados para soportala.

A la frase “Todos los males de la democracia pueden curarse con más democracia” pronunciada por Alfred E. Smith (político demócrata católico norteamericano) en 1923, Huntington consecuente con su opinión de que en ese momento (mediados de los ’70) se debía “moderar la democracia”, dirá: “no, la cura para esta democracia es menos democracia”. Esa opinión condensaba el consenso de los liberales internacionalistas con gran influencia sobre todas las democracias industriales, que además sostenían que “las instituciones son las responsables del adoctrinamiento de los jóvenes”. Las escuelas, las universidades, las iglesias, no están haciendo bien su trabajo.

No están adoctrinando a los jóvenes adecuadamente. Según esta perspectiva, los jóvenes tienen que volver a ser pasivos y obedientes, entonces se arreglará la democracia. En el espectro político del imperio, esta posición podría ser considerada de centro-izquierda, aunque suene ruidoso.

Por otra parte – ya que no extremo – , que podríamos rotular como pensamiento de derecha pura, surgió también un documento muy influyente: “El memorando Powell”, que se publicó en la misma época. Lewis Powell, fue abogado corporativo y, posteriormente, juez del Tribunal Supremo; escribió el memo confidencial para la Cámara de Comercio de EEUU en 1971, que, al difundirse posiblemente desencadenó el moderno “movimiento conservador”.

Con retórica bastante disparatada y una visión general conspiranoide de que una izquierda avasallante se había apoderado de todo [poder, medios, intelectualidad, sentido común]. Ese documento, conocido ahora como “El Manifiesto Powell”, exhorta a los poderosos del mundo de los negocios a salvar «el sistema de la libre empresa» de los ataques de sus enemigos, los liberales [progresistas en nuestras latitudes] e izquierdistas. Propone usar todos los recursos de las grandes corporaciones para vencer a esa izquierda ‘desbocada’ que dañaba la libertad y la democracia.

Concretamente, sugerirá que el empresariado inicie una acción política directa, mientras se produzca un cambio gradual en la opinión publica a través de la educación y la información, (áreas que deben ser colonizadas para ser posteriormente controladas por el poder empresarial). El poder político se lo pondera como necesario y debe ser asiduamente cultivado, apunta Powell. También aconseja que cuando sea menester, usarlo agresivamente y con determinación. El futuro juez supremo (esta ponencia no se conoció hasta mucho despues de su nombramiento por Nixon) asimismo sostiene, que el mundo de los negocios debe también controlar el sistema judicial, en particular la Corte Suprema, pues es el “más importante instrumento para cambios sociales, económicos y políticos”. Admitamos que esto suena muy familiar en nuestro ámbito nacional.

Si acaso ese documento no fue fundador, es la declaración más condensada destinada a establecer el marco teórico y el diseño político para el actual acometimiento contra cualquier vestigio de una vida pública democrática que en sí misma no esté subordinada a la lógica del alegado sistema de libre mercado. El “Manifiesto Powell” probablemente sea el acta de nacimiento de la estrategia destinada a adecuar el pensamiento y la imaginación del pueblo estadunidense para convertirlo a la utopia del neoliberalismo.

Puntos estratégicos a modo de cierre

Controlar las principales palancas del Estado y de las instituciones que gobiernan la sociedad es el elemento central de cualquier estrategia revolucionaria y contrarrevolucionaria. Ninguna revolución o contrarrevolución perduró sin este requisito. Y la “contrarrevolución” neoliberal, que se produjo en ese entonces, no es una excepción.

Esos dos hitos propositivos [Informe y Memorando] que tuvieron efectos eficaces, fueron – desde distintas visiones, como explicamos – respuesta al intenso activismo de los ’60 y la militancia laboral, que produjeron una caída real en la tasa de rentabilidad en el capital, lo que obviamente se consideró inaceptable por las élites. Se trataba entonces de organizar una potente contraofensiva económica, política y cultural que restableciera un dominio de clase debilitado después de treinta años de keynesianismo social y conquistas sindicales.

Desde el punto de vista teórico, el neoliberalismo fue gestado desde los años ‘40 en torno a la Mont Pelery Society, aglutinada alrededor de Friedrich von Hayek [economista, jurista , pensador liberal austriaco ]. No obstante, su eficacia política comenzó a notarse recién en la década de los ‘70, a través de la influencia académica ejercida por Milton Friedman (Chicago) y, del protagonismo que cobraron cabezas de potencias mundiales como Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Con todo, Powell fue quien antes y mejor delineó las líneas programáticas básicas (desde el asalto al sistema de educación pública y el control de los medios de comunicación hasta la necesidad de que los empresarios intervinieran con más agresividad en la vida política del país), que debía seguir la derecha política y económica estadounidense, para imponer el capitalismo neoliberal como sistema hegemónico mundial. Y, a juzgar por los acontecimientos; lo llevaron a la práctica!.

De allí, la exitosa introducción del neoliberalismo, como bajada ideológica a la sociedad, que tiene por efecto debilitar la participación democrática, de modo sutil, pero duradero, distrayendo la conciencia. El logro de los programas neoliberales es que han permitido concentrar la riqueza y el poder en muy pocas manos, minando la democracia efectiva. Combatirlo es un deber kantiano.

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