El poder blando imperial en operaciones

Por: Roberto Candelaresi

En la primera semana de agosto (2021), el ejecutivo nacional recibió altos funcionarios del gobierno de Biden, como segunda y última etapa de una corta gira que abarcó también a Brasil. Encabezaba la comitiva de Washington el asesor de Seguridad Nacional Jake Sullivan, hombre de extrema confianza del presidente estadounidense, y lo acompañaron el director del Consejo Nacional para el hemisferio, el responsable de la Oficina regional del Departamento de Estado, el director de Tecnología y Seguridad y el director de Cibernética.

Esa visita tiene relevancia estratégica porque es la primera que hace a la región y el nivel de funcionarios y es notable porque es la tercera que hacen en el año enviados de la Casa Blanca.

Naturalmente, estos encuentros requieren una preparación previa, que incluye agendas normalmente acordadas, y donde se despliegan amistosos protocolos – importantes en tanto refuerzan los lazos diplomáticos – y también un intercambio en el diálogo de intereses de cada parte, expresados implícita o tácitamente.

Una forma simple de deducir el espectro de intereses que mueven a la gran potencia en la visita, es identificar a los funcionarios componentes de la comitiva y sus quehaceres, así tenemos al señor Juan González de origen colombiano y experto en seguridad “hemisférica”, el señor Tarun Chhabra indio-estadounidense experto en tecnología y seguridad, [con especial interés en convenios tecnológicos de Brasil y Argentina con China, particularmente los atinentes al establecimiento de las redes 5G], el señor Amit Mital, experto en cibernética [responsable de ciberseguridad y coordinador en la lucha contra los hackers rusos, pero tolerante con las aplicaciones intrusivas israelíes que operan en la región, deberíamos acotar] y finalmente, el señor Ricardo Zúñiga diplomático jerárquico de origen latino director de la Oficina para el hemisferio occidental del D. de E.

El marco histórico lo podemos describir como una era de reconfiguración del multilateralismo en la región latinoamericana. Por otra parte, la reciente llegada al poder del demócrata Joe Biden, con un programa que difiere de su antecesor en variados puntos en materia de asuntos que afectan las relaciones internacionales, y, el más visible cambio de “estilo”, era de esperar que el nuevo mandatario intente restaurar vínculos “más sanos” con la región, especialmente luego de algunos traspiés por prepotencia, y/o desatención de la administración Trump con países del continente. El mismo viaje es desde ya un mensaje político.

Pero las maneras sobrias y cordiales desplegadas ahora por esta delegación, no pueden ocultar que – como es de esperar de una potencia que pretende preservar su hegemonía –, traiga la misma agenda estratégica que sus predecesores republicanos; los documentos en que se sustentan sus objetivos priorizan la seguridad desde un enfoque de multilateralidad restringida al liderazgo global monopólico de Washington. Sus ejes estratégicos incluyen; la competencia tecnológica con China, el conflicto con Rusia por la ciberseguridad y su acoso inveterado al «caribe rebelde» del mal ejemplo (Venezuela, Cuba y Nicaragua).

Asimismo, despliegan sus movimientos tácticos en pro de objetivos que coadyuven al éxito de sus propósitos últimos, los que describiremos más adelante. Lo que pretendemos introducir es que, siendo que la gira se enfoca en los dos socios “extra OTAN” de Estados Unidos, en un momento donde Washington refuerza su interés por el Atlántico Sur – en el marco de la disputa estratégica que mantiene con China –, y, dada su condición de países de potencia intermedia con gran ascendiente en el resto de los países del subcontinente (junto a Méjico, otro actor potencialmente afectado por las maniobras), el gobierno norteamericano emplea el “Poder Blando” para asegurar sus intereses. Tomando entonces este evento, que ofrece diversas aristas, pero que entendemos es idóneo para ilustrar acerca de aquella herramienta de dominación, desarrollamos nuestra teoría:

Conociendo la herramienta programática: ¿Qué es el poder blando?

Joseph Nye, politólogo estadounidense especializado en geopolítica de la Universidad de Harvard, en su libro Bound to lead: The changing nature of American Power, publicado en 1991, presentó su tesis de que la naturaleza del poder ha cambiado. El desafío real y sin precedentes para preservar a EE.UU. como la mayor potencia global, es gestionar la transición hacia una creciente interdependencia global, entonces, como instrumento innovador estratégico creó el concepto de “poder blando” (soft power) confrontándolo al tradicional de “poder duro” (hard power) que radica en modificar el comportamiento de otros Estados mediante el uso o la intimidación del poder militar o la presión económica (actitud que mantiene en algunas regiones del mundo donde proyecta su poder).

En cambio, el poder blando busca persuadir, más que exigir, a otros Estados. Así, el poder blando es mucho menos perceptible que el duro: se basa en la imagen de un país y su sociedad, la eficacia de su diplomacia, sus expresiones culturales —como el cine, la gastronomía o la música— o los valores políticos que defiende. Todo ello puede servir para modificar la percepción y el comportamiento de terceros Estados. Para Nye, un Estado debe aspirar al uso racional, eficiente y combinado de poder duro y poder blando, lo que denomina “poder inteligente” (smart power).

El poder blando mide la capacidad de influencia de un país por la vía de la atracción o la persuasión, y se ha convertido en un concepto muy utilizado para analizar las relaciones internacionales. Su importancia estriba en que al no usar la fuerzo o la coerción, sino valiéndose de medios más sutiles, la imagen de la potencia no es esmerilada por el resentimiento y protesta por países afectados o crítica de otras potencias en los foros internacionales.

Desde ya, vale la pena acotar, que lo novedoso en la ponencia de Nye, es desplegar estrategias solo de ese tipo por ser más efectivas en el cambiante y multilateral mundo en formación, y que estás sean ‘política permanente’ en el Departamento de Estado, pero la mecánica en sí, la habilidad de influir en la voluntad de otros estados sin ejercer violencia o intimidación, ha sido desarrollada por décadas y por muchos países conscientes de su importancia. Todos en definitiva aspiran a mejorar sus respectivas ‘posiciones’ en el mundo, sin crear resentimientos, y, por lo contrario, contar con la buena imagen y beneplácito del resto del concierto de naciones.

El propio Estados Unidos o la Unión Europea han diseminado su cultura como modelo de vida por todo el mundo, de modo que las referencias culturales norteamericanas, por ejemplo, influyen en muchos otros países. Particularmente los europeos, especialmente Alemania y Francia por su enorme capacidad diplomática de (supuesto) equilibrio ante conflictos internacionales, y, por haber logrado que la imagen de la Unión Europea se vincule a ideas políticas que (idealmente) propone, como la paz, la democracia o el respeto por los derechos humanos, también se los considera como “potencia blanda”.

Como ejemplo ilustrativo, digamos que los Institutos culturales como el Cervantes español, el Goethe alemán, la Alianza Francesa o el Confucio chino con sus filiales en todo el mundo, son instrumentos de estos países para promocionar su lengua y su cultura, y una forma de aumentar su poder blando.

Finalmente, así como nos interesa remarcar el uso difundido del poder blando que ejercen potencias, también debe saberse que ese atributo no es excluyente de ellas, ya que países como Méjico, Irlanda, y hasta la propia Argentina, sin ser potencias ni económicas ni militares, cuentan con poder blando gracias a la promoción de su cultura o buena imagen como progresistas y antagónicos de los imperialismos.

Intereses en juego

Conforme sus ya mencionados ejes estratégicos, la comitiva pretende conocer de primera mano [es decir, corroborar lo que la inteligencia norteamericana desplegada en la Argentina le informa a la Casa Blanca], los proyectos de integración regional y –especialmente–, aquellos que se relacionan con el sudeste asiático. En el mismo orden, desaconsejan a sus pares argentinos el proyecto en marcha – ya anunciado por el presidente mejicano Andrés Manuel López Obrador – de sustituir a la OEA por la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).

La preocupación de EE.UU. respecto del desafío lanzado desde Méjico de sustituir a la OEA por aquel organismo de características totalmente autónomas, no intervencionista, de respeto a la autodeterminación de los pueblos y promotor de la solución pacífica de las controversias, tal como fue diseñado, es fundada, en tanto que perderían una importante plataforma desde donde ejercer el poder blando descrito. Concretamente, una merma institucional de la OEA habilitaría, directamente, las capacidades de América Latina y el Caribe para diversificar sus vínculos con China, debilitando la autoridad de Washington sobre la región.

Dado que el péndulo del espectro político latinoamericano está volviendo a girar hacia la centroizquierda, en casos como Argentina, México, Bolivia, Venezuela y Perú – también se vislumbra lo hará Chile en las elecciones del corriente año –, el impulso para profundizar los modelos de integración latinoamericano-caribeña, ha retomado fuerza. Es por ello que EEUU debe esperar “mejores condiciones” para delimitar las capacidades soberanas de países que buscan tal cometido, sin por ello menguar sus esfuerzos para condicionar la deriva (rumbo) de su “patio trasero”.

El retiro por parte de Argentina primero, y recientemente del Perú del «Grupo de Lima» [instrumento oficial de gobiernos reaccionarios sudamericanos para oponerse a Maduro y al chavismo en Venezuela], debilita la posición de la derecha en la región, a la vez que fortalece el «Grupo de Puebla», un foro de presidentes (Alberto Fernández, AMLO, Samper, Lula, Lugo, D. Rouseff) y dirigentes progresistas latinoamericanos que, ante la crisis del neoliberalismo en el continente, se aglutinan para oponerse a tal paradigma.

Jake Sullivan

La administración Biden, con el propósito de amortiguar el efecto que el tándem CELAC + Grupo de Puebla, pueda tener en el resto de los países que no lideran esas iniciativas, plantea vías convergentes en diversos temas, ofreciendo colaboraciones de mediano y largo plazo para abordar cuestiones de interés común, como la lucha contra la pandemia, la preservación del medio ambiente, renegociaciones de deudas, etc. Este ‘abrazo’ del gigante planteado como generosa ayuda, pretende debilitar la necesidad de actuar por sí “solos” [sin la presencia norteamericana] a los países de la zona. Y, de paso, la propuesta de lazos reforzados con Washington está diseñada también para contener la influencia de China en la región. La premisa sería: “no es necesario recurrir a un extracontinental, si en el hemisferio podemos arreglarnos”.

Como prueba y efecto práctico de la asistencia yankee para estrechar nuevamente lazos, especialmente con los dos países referentes de Sudamérica (Brasil y Argentina), el país del norte concretó una donación de vacunas. Hay voces que dicen que, en realidad, en EEUU se sobre-stockearon con una cantidad de dosis que, de no aplicarlas, se vencen, es por ello la ‘desinteresada’ generosidad americana ante su caducidad. En este punto también cabría señalar que un probable objetivo colateral sea contrarrestar en parte, la presencia de vacunas chinas muy significativa en el subcontinente que, desde hace meses y en varios países de la región, la República Popular está proveyendo, a un bajo precio de mercado, lo que deriva en cierto prestigio [poder blanco] del gigante oriental entre latinos.

Sullivan garantizó la promesa por parte del Departamento de Estado de apoyar el acuerdo con el Fondo Monetario por la deuda respaldando la posición de Argentina (además de haber dado el ok para la transferencia de los Derechos Especiales de Giro, que Trump negaba), aunque sin comprometer detalles de los términos que avalarían. Tampoco asumen una posición de responsabilidad o autocrítica, por la decisión en su momento de presionar al directorio del FMI para otorgar tanto crédito por fuera de protocolos y los mecanismos de la entidad, aún cuando era evidente que la fuga de capitales de nuestro mercado es condición reglamentaria para detener las partidas, y no lo hicieron.

Programa de des-integración regional

Si bien Brasil en el 2020 canceló su participación en la CELAC a instancias de Jair Bolsonaro, como manifestación de su nulo interés por la integración regional (seguramente influido por su dilecto ídolo Trump), la organización se integra con otros 32 países que constituyen un formidable bloque económico y principal región exportadora de alimentos del mundo.

El Departamento de Estado ha desarrollado importantes esfuerzos para bloquear las iniciativas de integración y cooperación entre los países latinoamericanos, diseñadas desde la UNASUR [Unión de Naciones Suramericanas] o los intentos de la ALBA-TCP [Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América – Tratado de Comercio de los Pueblos], ambas plataformas para la combinación de energías regionales de provecho mutuo y en el marco del fortalecimiento de la soberanía e independencia de los Estados (que contravienen las pretensiones injerencistas norteñas).

La preocupación resurge ahora para los norteamericanos, dado que si bien, con la oleada de gobiernos de derecha neoliberales del lustro pasado (Argentina, Brasil, Ecuador, Colombia, Perú, etc.) aquellas organizaciones quedaron virtualmente desactivadas o con escaso margen de acción, en los escenarios eleccionarios que se prevé en un futuro inmediato, la onda del progresismo podría expandirse y volver a dinamizar la integración y las decisiones soberanos de sus miembros por sobre las pretensiones del imperialismo.

En efecto, al reciente triunfo de Pedro Castillo en el Perú de la izquierda integracionista, se le puede sumar la casi segura victoria (dados los resultados de las últimas elecciones subnacionales en Chile y la mayoría de representantes a la convención constituyente, pertenecientes a corrientes populares que ampliamente rechazan al neoliberalismo y a los tradicionales partidos concertantes) de un candidato de origen de izquierda popular para la presidencia chilena el año próximo, la probable victoria de Xiomara Castro en Honduras, el crecimiento de la popularidad de Gustavo Petro en Colombia para desbancar a la derecha uribista definitivamente, y tal vez lo decisivo para esta proyección futurista, el regreso de Lula Inacio da Silva al poder en Brasil, el fiel de la balanza latina se inclinaría definitivamente hacia la autonomía por la sinergia que la mayoría de gobiernos progresistas impondría.

La propuesta yankee ante esa prospectiva, es una malla de contención dialoguista, con un discurso que pretende expresar “desinterés” por el signo político de los gobiernos latinos actuales o futuros, pero la realidad, tal como se puede constatar con el caso del golpe de estado boliviano apenas un año y medio atrás, donde las operaciones de la embajada norteamericana en ese país, fueron evidentes, en el sentido de promover y financiar el derrocamiento de Evo Morales, y la inaceptable gestión de la OEA –que EE.UU. postula como actor principal para las relaciones interamericanas – , cristalizada en la vergonzosa conducción de su secretario general el uruguayo Luis Almagro (avalando falsas denuncias de fraude para deslegitimar al gobierno democrático, luego desmentidas por pericias de expertos), actuando en tándem con la administración de Trump, demuestran que no solo les importa el signo, sino además que están dispuestos a cualquier límite para retener gobiernos afines a sus intereses. Vaya también a modo de ejemplo, el financiamiento vía FMI durante la campaña eleccionaria del 2019 recibido por el gobierno de Macri excediendo toda cuantía y sin controles.

Luis Almagro

La OEA, revelando su propósito amañado por el designio de Washington, no se pronunció ante las salvajes represiones al pueblo por parte de los gobiernos conservadores de Chile y Colombia de reciente suceso, como tampoco dicta prevenciones o critica siquiera acerca de las maniobras antidemocráticas del fujimorismo en Perú, que amenazan al proceso democrático.

Una de las herramientas tácticas más usadas, consiste en sentar ‘cabezas de playas’ en los sistemas políticos de cada país, mediante convenios que les permite desplegar dispositivos oficiales o subsidiar ONGs que ayuden a combatir la abstracta corrupción. Es un propósito idealmente loable por lo que es fácil caer en la trampa de aceptarlo en las agendas, y a veces por una cuestión de imagen, los gobiernos locales no rechazan estas “ayudas”, que tarde o temprano se convierten en un denuncismo desatado que, “casualmente” siempre apuntan contra opositores al neoliberalismo, aunque sean funcionarios de gobiernos populares que suscriban esta “cooperación” brindada por los “paladines de la moralidad”, y nunca incluyen en sus pesquisas a sus socios locales (élites económicas asociadas al mercado mundial). Un aliado natural para esta “lucha contra la corrupción” son algunos medios y “periodistas de investigación” locales que son financiados por el USAID por ejemplo u otro intermediario, pero siempre respondiendo al libreto impuesto por la agencia estadounidense.

Los convenios sobre Seguridad y Defensa, se transforman en caballos de troya también, para sujetar mediante cláusulas contractuales a la logística del proveedor y sus condiciones, al tiempo que ofrecen asimétricamente formación y material de combate en modo dispar y asimétrico a los diversos países, generando desconfianza entre vecinos. Divide et Impera.

También tienen sugerencias para formular (y en la visita a Buenos Aires, lo hicieron) a todo el continente en materia de seguridad, y esto se vincula el peligro que supone China para la región. Según algunas conclusiones de estudios estratégicos militares, Beijing promueve el autoritarismo digital al colaborar con regímenes no democráticos. Comparten el temor de que desde Cuba la república popular podría realizar ciberataques contra EE.UU. Esa incierta peligrosidad explica en el discurso de Washington – previa demonización – que se refuerce el bloqueo a la isla.

Lo que todo ello (más la presencia de los expertos en seguridad informática) nos muestra, es la severa preocupación por perder la carrera tecnológica con el gigante asiático. El hecho es que pretenden que tanto Brasil como Argentina excluyan de las subastas de frecuencias ligadas a las bandas de 5G a las compañías chinas (como Huawei), no solo porque seguramente resulten adjudicadas por mayor conveniencia, sino que les restaría a las corporaciones norteamericanas la posibilidad de copar el mercado sudamericano (y ejercer ellos el espionaje que temen de los orientales).

Es sabido pues se expresó en audiencia pública en el Senado yankee, que China constituye una amenaza para EE.UU. y ese peligro estaría asociado a la superioridad respecto a la inteligencia artificial (I.A.), ese es el motivo por el cual Washington no quiere perder el control del tráfico digital que actualmente le permite monitoreos y vigilancias en todo el mundo occidental, considerado como recurso estratégico capital, en una era digitalizada, donde la información anticipada y capacidad predictiva mediante la I.A. constituye una ventaja vital defensiva y es instrumento de dominio.

Concluyendo

Los objetivos generales no cambian de una administración a otra en el caso de una superpotencia, cuya meta última consiste en la preservación de la superioridad, por ello los ejes estratégicos no varían. En ese sentido, mediante el poder blando de la negociación y el ofrecimiento siempre abierto del diálogo, los demócratas actuales, similarmente a los republicanos de Trump, tratan sutilmente de boicotear el multilateralismo real de los países de la región (aunque digan aceptarlo), impiden en cuanto pueden las integraciones regionales, promocionan en contra del desarrollo de proyectos autónomos competitivos (por ejemplo mediante el lobby fuerte de ONGs ecológicas radicalizadas), tratan de frustrar financiamientos o proyectos conjunto con China y con Rusia, este último especialmente en el área militar.

Atacan a través de sus personeros locales al Estado evitando su fortalecimiento (objetivo de máxima neoliberal), promueven el sostenimiento de la privatización de los servicios públicos, protegen a las élites domésticas pudientes – servidoras y aliadas de sus corporaciones transnacionales – cuestionando investigaciones judiciales que las afecten o la aplicación de impuestos progresivos y, por encima de todo, tratarán de oponerse o llanamente sabotearán los proyectos de desarrollo científico-tecnológico nacionales.

La formulación de promesas, es otro recurso típico del poder blando, por caso a Brasil, que realmente pretende ingresar al OCDE (organización internacional, del tipo de foro donde se homologan buenas políticas públicas, pero en realidad es un hito de -supuesto- prestigio su pertenencia), se le estimula a esperar su aceptación, para lo cual la potencia del norte estaría realizando gestiones de buenos oficios.

Asimismo, y a cambio de no aceptar tecnología china para el 5G, se le propone incorporarlo como “socio global” a la OTAN, ese apoyo resulta entonces condicionado a que el país vete la participación de Huawei en su futuro mercado nacional. Sin embargo, la realidad es que es poco probable que el resto de los países miembros acepte la propuesta hecha por EE.UU. para su incorporación. Además, hoy China es un socio comercial estratégico de Brasil, con lo que, de concretarse, se afectaría su flujo de inversiones y comerciales, lo cual es nada hipotético y sí problemático para los brasileros.

En el caso argentino, existe la misma preocupación por la tecnología china de Huawei a expandirse en cuanto al 5G, pero también otros rubros como la energía atómica, y mayores inversiones (ofrecimiento de sistemas de armas inclusive), la estación de observación lunar en Neuquén, etc. Pero existe un punto más sensible aún: se trata del Proyecto de Polo Logístico a emplazarse en Ushuaia para proyectarse a la Antártida financiado por capitales chinos. Estados Unidos se encuentra en una guerra comercial que incluye disputas por tráficos y territorios marítimos en todo el orbe (incluyendo proximidades del Mar de China, en el Pacífico), al punto que pretende en un futuro cercano combatir (expulsar) a la flota pesquera oriental que opera en aguas internacionales, junto al Mar Argentino, pero donde nuestro país no es siquiera consultado.

Nuevamente el poder blando a través de una negociación compensadora: se prometen inversiones que podrían destrabarse una vez que la pandemia disminuya, en el campo energético y agrícola. Aunque por falta de fondos, no se concretan ciertos proyectos conjuntos con la Federación Rusa, los americanos están dispuestos a revisar las trabas que dejó la administración Trump sobre los biocombustibles y aceros argentinos (con aranceles que llegan al 160% con un volumen de u$s 1.500 millones) si, se desestiman o no se reimpulsa la relación con aquella potencia. Esta toma y daca en la diplomacia se conoce en relaciones internacionales como quid pro quo.

Para los Estados Unidos, la Argentina no demostró aún ser un socio ni imprescindible ni confiable. Por ello, la Casa Blanca despliega un abanico de actitudes para congraciarse con nuestro país, pero sin modificar sustancialmente sus metas. El caso de la situación venezolana es paradigmático para entender el juego de poder y las chances de maniobra que, usadas inteligentemente por parte de Argentina, pueden ganar espacio de soberanía. Veamos; hace exactamente un año atrás, Argentina aceptó la invitación a participar como miembro del Grupo Internacional de Contacto sobre Venezuela (GIC), en otro paso más hacia la búsqueda de soluciones pacíficas y democráticas a la crisis que viven los venezolanos. El grupo está compuesto por un puñado de países latinoamericanos y una decena de europeos, es decir, no participan los Estados Unidos. Admitiendo la existencia de una crisis política y humanitaria en el país caribeño, el propósito grupal es de ayudar a una salida democrática a la misma y garantizar la asistencia humanitaria al pueblo bolivariano.

Por otro lado, la Argentina habiendo salido del Grupo Lima [integrado por un puñado de países del subcontinente convocados por la OEA para presionar a Venezuela], como ya comentamos, ante el fracaso y desgajamiento actual, promueve la candidatura de su presidente, Alberto Fernández para liderar la CELAC, la que contaría con el necesario consenso regional, y poder desplegar así, un (doble) rol confiable de interlocutor internacional válido en la región para mediar en la situación venezolana, entre su gobierno legítimo y la sociedad civil y política opositora. Esta acción, de concretarse, podría cambiar el rumbo de la situación, y sin embargo contrasta con la estrategia de los EE.UU. que pretenden convencer a nuestro país, de que se debe abrir el diálogo con la oposición venezolana a pesar de la resistencia del régimen de N. Maduro. Una confrontación sesgada.

Como muestra adicional de autonomía, el país, se negó a sumarse a una resolución de la OEA para repudiar la detención de opositores políticos en Nicaragua, y tampoco condenó al gobierno cubano por la represión por las movilizaciones. Aunque se pronunció por la necesidad de respetar derechos humanos y civiles, evitó adherirse a fuertes demandas hacia las autoridades de esos países, entendiendo que fuerzas conservadoras respaldadas por el imperio americano estaban detrás.

Grupo Lima

Inteligentemente, tanto por el despliegue de poder blando, por parte de EE. UU. de ofrecer una agenda propositiva “positiva”, como por la aceptación sobre esos puntos por parte de la Argentina, la imagen de ambos países no sufre demasiados costos, por el contrario, pueden tener beneficios. Citando algunos de esos puntos de encuentro incluimos: la necesidad de promover una nueva arquitectura tributaria y financiera global acorde a los desafíos y requerimientos propios de un desarrollo humano sustentable, inclusivo y solidario, el fortalecimiento de los lazos estratégicos con respecto a las prioridades bilaterales y regionales, incluida la recuperación pandémica, la cumbre climática regional, el crecimiento económico compartido y la seguridad en nuestro hemisferio y en todo el mundo.

Quizás, sin embargo, el logro más importante es que – asistidos por una coyuntura fortuita – el otrora confiable gendarme sudamericano Brasil, ha dejado de ser confiable por Bolsonaro, y el futuro político de ese país no permite prever mejor destino (para los intereses norteamericanos); Lula. Argentina puede ocupar ese lugar.

La administración Fernández parece haber logrado hasta ahora, y pese a la desconfianza atávica de los demócratas por los “populismos”, generar algunos puntos de confianza mutua y potenciales beneficios compartidos, con lo cual la relación bilateral con Estados Unidos se ha profundizado, tal como es el objetivo nacional. AL PODER BLANDO SE LO CONFRONTA CON INTELIGENCIA, NO CON ÍMPETU INCONDUCENTE.

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