El Talibán en el poder afgano, otro desafío mundial (Parte I)

Por: Roberto Candelaresi

Se acaba de producir la toma efectiva de todo el país afgano por parte de la milicia rebelde talibán, luego de 20 años de infructuosa lucha para la coalición OTAN que pretendió aniquilarlos. Habiéndolos derrocado en 2001, vuelven ahora – paradójicamente – con más fuerza.

El hecho en sí de que esta casta de fanáticos musulmanes de costumbres atávicas se hagan nuevamente del poder, ya es suficientemente preocupante por las consecuencias de sus prácticas vejatorias a quienes se les oponen, y sus conductas reacias a respetar los derechos humanos ya universalmente reconocidos, como para llevar nuestra atención en su dirección, pero más allá de ello, nuestras inquietudes politológicas nos plantean una serie de interrogantes que nos proponemos responder, o al menos aproximarnos a fin de conocer los procesos de su triunfo, que incluye no solo el aspecto militar sino, fundamentalmente las condiciones históricas y socio-políticas que permitieron la resolución de la pugna de poder, a favor de tal facción antidemocrática, aún a despecho de los esfuerzos de las mayores potencias occidentales, y el enorme costo que soportaron.

A partir esa premisa, y siendo un conflicto complejo de comprender, brindaremos algunas claves de esta crisis y de lo que está sucediendo en Afganistán; procuraremos deducir los errores que las estrategias planteadas evidentemente –a nuestro criterio– cometieron, y, finalmente; trataremos de exponer la gran recreación geopolítica desatada por esta novedad entre los grandes actores internacionales involucrados, siendo el pueblo afgano el gran convidado de piedra.

El acto protagónico

Los talibanes (“estudiantes”) son un conjunto de grupos variados, tan diversos que en algunas regiones patrullaban junto con el ejército afgano; en muchas zonas imparten justicia y en otras cultivan opio. Comparten junto a otros grupos islamistas también radicalizados y presentes en Afganistán como Al-Qaeda y el Estado Islámico, la corriente del salafismo, que impone su interpretación de la ley islámica (la sharía) de manera radical, ultraconservadora pretendiendo tener un califa (sucesor del profeta, una suerte de Papa musulmán).

Todos inscritos en el wahabismo, una lectura también conservadora del islam que rechaza las libertades individuales, plantea supuestamente el regreso a las raíces, es integrista y busca regular todo tipo de prácticas y costumbres sociales, pero admiten un rey que medie entre ellos y Alá.

La percepción que los propios afganos tienen acerca del Talibán, también varía conforme a su posición social, religiosa y en qué región habite. Su emergencia se dio en los ’90, luego de la ocupación soviética, que cesó en 1989, mientras se peleaba una guerra civil.

En aquel conflicto donde participaban los muyahidines, tal como se los conocía – yihadistas en la actualidad –, era una guerrilla entrenada por “socios” de Estados Unidos (Pakistán, por ejemplo) y financiados por éste para combatir a los ocupantes soviéticos y hostigar con terrorismo al gobierno comunista local, entre los que estaban los talibanes, que, al ser el grupo mejor organizado y más brutal, acabó imponiéndose y se hizo con el poder en 1996.

Durante el primer trienio de la ocupación norteamericana (2001/2004) sufrieron importantes bajas, pero no fueron destruidos, tal como sugirió Bush junior en la época. Aparentemente estuvieron absorbiendo lecciones mientras se mantenían en lugares remotos y montañosos para retornar desde el 2004 a empezar a recuperar terreno, y para 2008 prácticamente todas las regiones tenían radicales combatiendo a los ocupantes. Así desde ese entonces, no han dejado de crecer en capacidad militar y control territorial, hasta el victorioso desenlace final con la toma del palacio de gobierno.

El retiro de Afganistán de las tropas estadounidenses y sus aliados (británicos, alemanes, etc.), que fue programada e incluso pactada con estos disidentes [Acuerdo de Doha], se produce sin haber logrado nada esencial, por ello muchos analistas califican el trato como sin un quid pro quo [intercambio de cosas equivalentes]: ni Afganistán es ahora más democrático, ni su población civil está mejor y tampoco el mundo es un lugar más seguro ante una amenaza del extremismo islamista. No hubo “misión cumplida” al estilo de George W. Bush ante la guerra de Irak.

A medida que las tropas aliadas evacuaban el territorio, los talibanes capturaban espacio, capitales provinciales, bases, puestos fronterizos, etc., hasta llegar a su capital Kabul, sin prácticamente encontrar resistencia, pese a que las FFAA afganas contarían con una ventaja cuantitativa de 4 a 1 en números de combatientes, y cualitativamente por mejores sistemas de armas, todas financiadas esencialmente por los Estados Unidos. Incluso se verificaron muestras de bienvenida a los radicales en algunas ciudades, por temor, desmemoria o simpatía, o tal vez algunos como víctimas de los crímenes de los Estados Unidos y sus aliados, durante los veinte años de la intrusión occidental.

Algunas encuestas muestran que existe un número importante de la población afgana que tienen un sentimiento generalizado contra los Estados Unidos, exculpando al talibán, aún sin perjuicio del terrible régimen talibán experimentado en el pasado, de sus restricciones a los derechos humanos y de su despiadado control de la vida cotidiana, especialmente contra las mujeres.

Por el lado de los recursos económicos, amén de sus tradicionales fuentes; el narcotráfico (opio / heroína) y subrepticia ayuda militar pakistaní, a medida que incorporaron territorios a su dominio, recaudaban los impuestos, y lo propio hacían cuando tomaron puestos fronterizos, percibiendo aranceles y gravámenes (que, a su vez, dejaban de ingresar al fisco de Kabul).

Similarmente al caso del norte de Irak en que, en su momento el Estado Islámico, a pesar de su menor capacidad militar frente al ejército iraquí avanzó a paso acelerado, los talibanes lograron abarcar todo el territorio en pocas semanas, siendo que bajo su control solo tenían un tercio del mismo a principios de año, y careciendo de toda cobertura aérea, que sí tuvo el gobierno legal.

Tres claves se nos ocurren para entender esta rápida victoria pese a su clara inferioridad de capacidad militar:

  • El aprendizaje táctico que desarrollaron en tantos años de lucha contra las fuerzas yankee y aliados (entre las mejores entrenadas y equipadas del mundo).
  • La más importante, el “espíritu de lucha” o convicción que este grupo tiene tras un objetivo político-religioso, y en contrapartida, la escasez del mismo en las tropas gubernamentales, que en gran número formaban filas por una buena paga, sin apego al gobierno ‘democrático’ afgano.
  • La determinante de lograr el reconocimiento como Actor legítimo que le concedió el gobierno norteamericano de la administración Trump, al sentarlo en la mesa en las “negociaciones por la paz de Afganistán” sin contar con la presencia del gobierno oficial afgano, lo que produjo una desmoralización y descreimiento entre sus funcionarios, incluyendo al personal militar y de seguridad que debían combatirlos.

La aceleración del proceso y la huida del presidente Ashraf Ghani, frustró un ciclo de paz mientras durara la transferencia ordenada de mando. Existe además preocupación en los países fronterizos, tanto por el potencial flujo de refugiados como por el riesgo de expansión de la violencia a sus propios territorios.

El nivel de pobreza, desnutrición y falta de acceso al agua y a la alimentación que es crónica, todo esto agravado en pocas semanas, conduce unívocamente a una enorme crisis humanitaria. El flujo de desplazados obligados se concentra en Kabul (con un 80% de mujeres o niños) y el de refugiados impactará, como en el pasado, principalmente a Irán y Pakistán. El país en sí, reluctante bajo el talibán a recibir ayuda sensible por organizaciones extranjeras, a mediano plazo carece de “futuro”.

La sensación que queda es que el pueblo afgano perdió 20 años volviendo a una situación similar, que la ocupación solo acumuló errores, que se necesitaron dos décadas y miles de muertes para que Estados Unidos acepte el fracaso de su colonialismo y que asimismo los roles coloniales (británico, soviético y estadounidense) no contribuyen a la democracia, a la justicia o incluso ni al desarrollo capitalista.

Un poco de historia contemporánea

En 1978 el Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) [Comunista], da un golpe y a continuación implementó una serie de políticas de clase, favoreciendo a la trabajadora y al campesinado. Se pretendió instrumentar una “revolución cultural” leninista en un país sin proletariado y sin burguesía, marcado por las etnias y la religión. La gestión como es de esperarse cursó desastrosamente, por lo que el gobierno local ante el fracaso llamó a la Unión Soviética para un “salvataje” en base a su política de “internacionalismo proletario”. La invasión se prolongó durante 10 años. En ese periodo, más de cinco millones de afganos se exiliaron, principalmente a Irán y Pakistán.

Para la población afgana, mayoritariamente musulmana (97%), la presencia extranjera era una agresión a la umma (comunidad musulmana) por parte de un no-creyente. Esa agresión justificaría la guerra defensiva y a la cual pudieron sumarse otros musulmanes, pues para ellos la identidad nace de la religión y no de la nacionalidad, dicho de manera sencilla. De hecho, es una práctica antigua ir a lejanas tierras a combatir –ante el llamado de un hermano en la fe– a un infiel invasor.

Como ya adelantáramos, los talibanes no fueron creados por los EE.UU., sino en todo caso, emergen cuando esa potencia, deja librados a su suerte a los islamistas radicales que otrora armara y apoyara, pues ya no los necesitaban más para hostigar a los soviéticos. Por eso, surgen del resentimiento de esos militantes abandonados (y engañados), ese fue el caldo de cultivo creado por los americanos. Pasando en limpio; ese ambiente propicio se compone de tres elementos: la alienación política, la identidad ciudadana y el sentimiento religioso.

La estrategia de los EE.UU. de armar grupos radicales islamistas a los que presentó como “luchadores de la libertad” en una narrativa distorsionada, apoyada por los medios de comunicación y repetida por todos los gobiernos americanos desde Carter en adelante, tenía que ver con crearle a los soviéticos un problema muy próximo a sus dominios, una especie de Vietnam. Existe una expresión muy gráfica que lo dice todo: «sembrar mierda en su propio jardín» -plena guerra fría aún recordemos–. Pero pronto iba a terminar, y con la retirada de los rusos, y la posterior caída y desmembramiento de la Unión Soviética, los socios menores del grande norteamericano, ya no tienen sentido en esa lógica del poder, con lo cual son abandonados, en todos los escenarios (Somalia, Nicaragua, etc.).

Con un país devastado por la guerra y lleno de islamistas radicalizados y armados, sobrevino el caos. Desilusionados por los idealizados muyahidines que luchaban entre sí y cometían conductas criminales, muchos jóvenes (ex refugiados la mayoría) se aglutinaron en torno a un mullah [maestro de la ley islámica sunita], ya que eran estudiantes del Corán, y, por tanto, la idea de un gobierno teocrático para reestablecer el orden social y la “paz” en su nación, los convenció tempranamente. El fanatismo fue otra consecuencia.

Los talibán, en su mayoría pashtunes [grupo étnico mayoritario], sacan provecho del poder de esta comunidad muy numerosa a ambos lados de la frontera con Pakistán, ya que los pakistaníes de la colectividad también se sienten responsables por el futuro de Afganistán. Esta comunión étnica le permitió al talibán, infiltrarse en los servicios secretos pakistaníes, y recibir ayuda de los militares de ese país, ya que el mismo, por su carácter de asociado a EE.UU. está en un permanente “doble juego”: persigue y ayuda. Recuérdese el caso de Osama Ben Laden, quien encontró refugio en Pakistán, incluso residiendo muy próximo a una base militar. Indudablemente protegido por autoridades castrenses y/o civiles.

Cuando finalmente se hicieron con el poder (1996), ofrecieron seguridad a cambio de control social, como han hecho muchos regímenes en tiempos de crisis. Implementaron a través de fatwas (decretos religiosos) toda una serie de prohibiciones, derogando usos y costumbres modernos por considerarlos prooccidentales o anti-islámicos, y un sistema punitivo riguroso e inclemente, muchas restricciones a la vida social – especialmente contra las mujeres – en definitiva, retrotrayendo al país a tiempos medievales.

En nombre del islam se perpetraron todo tipo de prácticas de violaciones a los derechos humanos [ejecuciones extrajudiciales, desplazamientos, linchamientos, apedreamientos, torturas y persecución, etc.]

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *