Cannabis recreativo y clasismo: Diversión para unos, delincuencia para otros

Por: Patricia Cuesta / Edición: Agustín Pons

Según la ex gobernadora bonaerense devenida precandidata a diputada por la Ciudad de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, no hay posibilidad de equiparar el consumo de cannabis recreativo entre un residente de Palermo con alguien de la villa 1-11-14. Esta mirada sesgada y discriminatoria hacia los más pobres es propia de un sector de la sociedad, sobre todo en la Ciudad de Buenos Aires, que Vidal promete representar en el Congreso si se hace efectivo su ingreso en las elecciones generales de noviembre. Por supuesto que no es algo de ahora, recordemos la pregunta que le hizo a su auditorio cuando era gobernadora: “¿Para qué vamos a hacer universidades si los pobres jamás van a llegar?”

La actual precandidata de Juntos por el Cambio a diputada nacional por la Ciudad, María Eugenia Vidal, dijo muy suelta de cuerpo que no es lo mismo que se fume un porro un pibe de Palermo a que lo haga un muchacho de la villa 1-11-14 o de la 21-24. ¿En qué se amparó la ex gobernadora para explicitar semejante mirada discriminatoria sobre el consumo de cannabis con fines recreativos?

Según ella, la existencia del narcotráfico en los barrios humildes hace que el consumo de marihuana entre los pibes sea un problema. Eso no pasa, claro está, en barrios de clase media o clase alta, donde el consumo estaría legitimado.

Es importante aclararle a Vidal que el consumo problemático, ya que tanto le preocupa, no distingue entre clases sociales, grupos etarios o composiciones familiares; por otro lado, si tanto le desvela el narcotráfico sería bueno que recuerde que el espacio del cual forma parte, hace muchos años que gobierna la Ciudad de Buenos Aires. Es más, ella ha sido, entre otras cosas, vicejefa de gobierno y, al reconocer la existencia de un problema de narcotráfico en los barrios, está reconociendo las pocas políticas que han implementado al respecto.

Por otro lado, es menester recordarle a la ex gobernadora de la provincia de Buenos Aires que los narcotraficantes no viven en las villas, residen en los barrios acomodados de la Ciudad. En las villas, como en cualquier otro lugar, viven los consumidores.

Tal vez Vidal se refirió a quienes venden o quienes tienen una cocina en la villa, pero en realidad son quienes trabajan, para decirlo de algún modo, para los narcotraficantes. No son los narcos, son quienes “laburan” para ellos. En este sentido es que resultaría adecuado obtener una autocrítica por parte de ella y por parte de su espacio que ha gobernado, hasta la fecha, 14 años la Ciudad.

Esta mirada sesgada y discriminatoria de Vidal hacia los jóvenes más humildes es una perspectiva que impera en una gran parte de la Ciudad de Buenos Aires, el distrito más rico del país. Si tenemos en cuenta las estadísticas en torno a las detenciones por consumo de porro, salta a la vista que el objetivo es la persecución de los pibes pobres: El 75% de dichas aprehensiones se da en Retiro, Barracas, Pompeya, Lugano y Balvanera, particularmente en Once y Abasto. Queda claro que los pibes de Palermo, Belgrano y otros “barrios bien” están muy lejos de sufrir ese tipo de accionar policial.

En la misma línea la ex gobernadora planifica propuestas para que los pibes accedan al primer empleo. Ella lo presenta como un programa con el cual se conseguirá bajar la tasa de desempleo y en reconsiderar la cultura del trabajo, pero en realidad remite a una supuesta recuperación laboral marcada por una absoluta precarización: “Los jóvenes que consiguen su primer empleo deberían aportar la mitad de los aportes patronales”, dijo sin siquiera sonrojarse. Pero como esa declaración no causó mucha impresión siguió ahondando y propuso que esos jóvenes cobren la mitad de un salario mínimo, vital y móvil.

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Para ella y para su espacio el futuro laboral de estos pibes es la contratación por fuera de la ley con condiciones de trabajo indignas. Claramente las declaraciones de la actual precandidata de Juntos por el Cambio giran en torno al primer empleo de los pibes más humildes y más vulnerables, a quienes los patrones puedan usar y descartar como mejor les parezca. El programa de primer empleo precarizado no está pensado, claramente, para los jóvenes de Palermo.

Su odio hacia los más desprotegidos es tan rancio como el de las Señoras de la Beneficencia. En síntesis, para Juntos por el Cambio y para el sector de la sociedad que representan, los pobres no deberían tener derechos. Mucho menos tener el derecho al goce. Ese derecho es exclusivo de ellos: el porro recreativo, el acceso a las zapatillas de moda, el tener una computadora, etc. Los pobres no deberían de tener derechos ni nada que los acerque a ellos.

Siguen creyéndose los dueños de la patría y, por ende, de los privilegios. Es en este sentido que se enmarca la denuncia (denuncia que hace unas semanas quedó demostrado en la justicia que era falsa) acerca de los sobreprecios de las Qunitas, esas que mandaron a destruir. Cuando hicieron el repaso de los números sobre el kit completo del plan Qunita lo hicieron comparándolo con aquellas cosas que jamás le comprarían o le pondrían a sus hijos… ¡Claro! ¿Cómo no iban a encontrar sobreprecios en el kit completo de Qunitas? Ese kit se pensó poniendo todo aquello que si se quiere usen o tengan nuestros hijos.

Por otro lado son llamativos los planteos que realizan como si soslayaran el hecho de haber sido gobierno durante 4 años. Hablan de recuperar la Educación Pública, cuando jamás se preocuparon por ella. Se muestran compungidos por la Salud Pública cuando no construyeron ningún hospital, además de rehusarse a inaugurar aquellos que estaban listos de la gestión de Cristina Kirchner.

Siempre, implícita o explícitamente, ese desprecio hacia el pobre, hacia el que no es como ellos, aflora. Y en ese sentido resulta significativo que en el corto plazo tengamos una ley del uso recreativo del cannabis para lograr su reglamentación y terminar con el narcotráfico, ese mismo que tanto denuncian.

La semana pasada estuvo L-Gante con Eduardo Feinmann y la entrevista estuvo signada, pura y exclusivamente, por los prejuicios. Ya desde el comienzo de la entrevista se puede ver a Feinmann hacer alusión al porro, pero con un gesto con la mano, ya que para él está mal hasta mencionar la palabra.

El mensaje que trataba de mandar el periodista parecía claro y se encontraba en sintonía con los preconceptos de su audiencia: Como si este muchacho nacido en el conurbano, trapero en su profesión, sólo pueda andar por la vida si está fumado; que sólo pueda ponerle de nombre a su hija algo relacionado a la marihuana, cancelando automáticamente otros motivos de dicho nombre, como la originalidad. La comunicación no es casual. Este tipo de manifestaciones terminan haciendo mella en un sector de la sociedad, reforzando ideas o conceptos previos.

“¿Para qué vamos hacer universidades si los pobres jamás van a llegar?”, dijo alguna vez Vidal. Eso no fue una descripción de la situación, más bien se trató – y se trata – de un plan. De hecho es el viejo proyecto de la derecha, del liberalismo, de la oligarquía que a esta altura ya se puede rotular como antidemocrático, porque la democracia es justamente eso: el otorgamiento de derechos a todos y todas por igual. Lo grave, en consecuencia, es que expresiones como las de Vidal, claro está, apuntan a un público que las suscribe.

La democratización del goce, como más arriba hacemos alusión, es algo que molesta y mucho. Cuando llegan gobiernos nacionales y populares y empiezan a conceder derechos a todos y todas, quienes se creen los dueños de la patria y, por ende, de los privilegios dejan mostrar su hilacha.

Para estos sectores de la sociedad el compartir, por ejemplo, espacios de veraneo con la clase trabajadora del conurbano les resulta inadmisible. Durante el Kirchnerismo, por ejemplo, los más humildes comenzaron a ir a San Bernardo, ciudad de la costa por años considerada un lugar “top”. Las familias acomodadas al observar que el balneario se les llenaba de “negros”, empezaron a poblar otras zonas de la costa, surgiendo así, por ejemplo, Costa Azul. “¿Cómo van a estar ellos en este lugar? Esto es para mí, para mi goce, no para el pobre”, soltaban al aire antes de alejarse de San Bernardo.

El goce tiene que ser un derecho para todos y para todas. No puede ser exclusivo de una clase social, de un grupo etario o del residente de alguna localidad en particular. Así como el caso de San Bernardo, María Eugenia Vidal, como fiel representante de determinados sectores de la Ciudad de Buenos Aires, considera que el consumo recreativo de cannabis tiene que estar vetado para quienes viven en una villa.

Lo cierto es que los consumidores están en todos y cada uno de los barrios, pero las estadísticas marcan que los aprehendidos son de los barrios más pobres de la Ciudad. En ese marco resultara importante avanzar en una Ley sobre uso recreativo del cannabis. Una Ley que a la vez de controlar qué y cómo se consume, garantice a todos y todas el mismo derecho a no ser perseguidos por portación de cara o domicilio.

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