A la captura del votante (el nuevo sujeto)

Por: Roberto Candelaresi

Entre la micro y la macro política

Mucho se ha analizado y dicho a partir de los resultados de las PASO y sus impactos, posibles derivas, consecuencias, etc.  Todos parecen haber exagerado incluso la esencia misma de la elección INTERNA en que todos los actores colectivos participaron, dado que casi todos aquellos ensayos parecían confundir, la determinación de aquellas con las futuras Elecciones Generales que tendrán lugar en noviembre. Pero al interior de todas las fuerzas naturalmente hubo los necesarios y tácticos corrimientos, pase de facturas, etc. Es decir, el acomodamiento de los melones en el camión; algunos arriba, otros abajo. En ninguna corriente política cimbró tanto su estructura como en la alianza gobernante. Algunos cambios, y por ahora la unidad continúa sólida, con algunos de sus componentes lamiéndose las heridas.

Ahora, la empresa para los contendientes es consolidar lo logrado (para más o para menos) y, más importante; sumar voluntades para ampliar poder. Se impone entonces la tarea de identificar el llamado “sujeto político” que, o se ausentó del acto cívico, se manifestó auto impugnando su voto a modo de protesta, o su sobre cayó vacío por el mismo ánimo de insatisfacción.

Intentaremos esbozar alguna reseña de tal sujeto social. Estos tiempos de cambios (incluso mundiales) traen novedades, se hace difícil sustraerse del discurso académico que monopoliza al saber, pero vamos por una conceptualización esquemática de la realidad, que a nuestro juicio satisface las inquietudes de plantear algún semblante de esos actores, necesario para que el político los identifique y le plantee propuestas viables para lograr su atención, y luego su apoyo.

Creemos que desde hace décadas existe un proceso de desarticulación del sujeto, producido al interior de la sociedad argentina. Coincide con la instauración global de ese sistema político, social, cultural y económico que llamamos neoliberalismo.

De parte del gobierno, existe la conciencia de que, si no consolida mayorías institucionales mediante apoyo popular, de modo de modificar las relaciones de fuerza políticas como sociales, se caerá en cierta esterilidad con respecto a su plan emancipador. Tan estéril como el voluntarismo para llevar adelante una práctica transformadora. Se debe acumular poder allí donde la política lo permite. El progresismo dentro de la coalición oficialista cumplió y cumple un rol importante para la consagración de nuevos derechos, pero está lejos de ser suficiente.

La ciudadanía sospecha que la “Democracia” como un absoluto –– es caer en una abstracción que sólo sirve para la ‘casta’ de los políticos. Al pueblo le interesa el bienestar antes (mucho) que las formas. Se debe cambiar el plano de observación –nos parece– y enfocarse en la micropolítica, es en esta escena donde el protagonismo del sujeto social (ciudadano concreto) protagoniza en sus distintos ámbitos (sindicatos, juntas vecinales, etc.) y donde hay que interpelarlo y facilitarle el acceso (posibilidades materiales) a lo macro político. Conectar el activismo local a las políticas públicas.

La política como culto al individuo

Los cambios revolucionarios son el resultado de la acción de grupos minoritarios. La derecha usa el argumento para desprestigiar y socavar todo intento trasformador. En el progresismo y la izquierda, hay culto a las personalidades (la idea de que el cambio es por la voluntad de pocos y no por intereses económicos y subjetivos de grandes mayorías es iluminismo jacobino).

El sustituismo elitista hoy es el modelo ideológico dominante, en desmedro de la participación activa. Dirán que “a la gente no les interesa nada. Vean cómo votan”, y ya no hay el “trabajo de hormiga”.

Para transformar la realidad solo es posible con una fuerza social mayoritaria con cierta autonomía. Con masas sumisas y sin poder de decisión sobre lo cotidiano, y solo convocadas cada 2 años, especialmente cuando se votan NO PROYECTOS sino CANDIDATOS conocidos por los medios de comunicación. En política reina el individuo también, el altruista o el hombre de negocios… por igual!.

¿Y dónde está el sujeto?

El fin de la Historia, la desaparición del sujeto social en los discursos, la concepción de lo colectivo como suma de individualidades, la política como cuestión de profesionales, el mero voluntarismo como acción política forman un coctel que desde hace más de tres décadas opera como obstáculo para el cambio social.

No existe un sujeto social totalmente definido, la percepción dominante -construcción de subjetividad mediante – es que la historia llegó a su fin (¿?). De ese modo se prescinde de todas las determinaciones basales para llegar al hoy. Por eso no se caracteriza a un sujeto social determinado que son los que podrían impulsar los cambios, solo en la academia y en alguna izquierda. Los activistas y militantes no pueden orientar su práctica. Los movimientos sociales solo quedan relegados a la demanda corporativa de ciertas reivindicaciones.

Si no definimos un sujeto social, se cae en el voluntarismo de las democracias liberales, en las que interesa más la buena voluntad de los políticos, que la acción de los sectores populares.

El régimen político neoliberal subordina toda voluntad rupturista, y concibe (y convence) a la sociedad como la suma de individualidades [electores pasivos], en donde las diferencias no son por estructuras, sino resultado de voluntades y méritos hechos para vivir mejor. El destino individual nos rige. Sin embargo, existen diversos actores NO individuales. Conjunto de individuos bajo determinadas condiciones objetivas, no por elección. Meritocracia.

Hubo un proceso de reconversión del capital, propio del neoliberalismo, con destrucción del trabajo. Los capitalistas tienen otras formas de ganancias. Acumulación por desposesión.

Hoy en día el principal obstáculo que tiene un gobierno popular para torcer modelos económicos ya arraigados, es que hay un sujeto extremadamente protegido por el reglamento social imperante. La defensa a ultranza de la gran propiedad privada y su libertad para ejecutar cualquier maniobra impunemente para aumentar su poder en cualquier marco institucional.

Balcanización, no Democracia.

La globalización, claramente fallida como panacea de una humanidad unida, trajo sí como consecuencia una fragmentación creciente tanto para el conjunto de lo social como del propio sujeto social, en casi todos los países. Ya no hay casi sociedades integradas, en Argentina, como no puede ser de otra manera, se vive también una fragmentación de la estructura social.

Es harto elocuente con el diseño urbano de las últimas décadas, en donde los estratos sociales se van aislando entre sí, en distintos desarrollos arquitectónicos de las ciudades. Y a su vez, por el individualismo insuflado durante tantos años, que solo retrocede parcialmente ante el discurso pro comunitario y social de los gobiernos populares, pero el sentido de pertenencia y los lazos sociales concretos, en un mundo tan competitivo, se van perdiendo. Grupos separados, barrios cerrados, asentamientos precarios, con economías diversas, todo parece el mundo distópico que nos ofrece la ficción.

El problema para cambiar lo dado a situaciones deseables, es que además de haberse perdido cierta mística transformadora, que incluía elementos y conceptos de la cosmovisión popular y nacional, las instituciones del sistema solo reproducen el statu quo, aunque discursivamente se pregone otra cosa.

La fuerza social que en sí deberían conformar las clases sociales más postergadas, y sectores medios conscientes para transformar la realidad, está mediatizada por y reducida a la voluntad de los que, actuando en la rosca política, se ofrecen como representantes para gobernar “para” ellos, cuando la verdadera democracia demanda que sea “junto a ellos”. El sistema democrático sin profundidad, –esto es, ignorando la participación del pueblo– desgana la voluntad de militantes y ciudadanos interesados en la política, y solo se observa la inercia de los poderosos bajo resguardo por el propio régimen. 

A la fragmentación apuntada de las clases medias y populares (además de populosas), también se debe sumar en su consideración que, por causa de la evolución de la acumulación capitalista neoliberal en las últimas 4 décadas y los cambios en el mundo laboral, con tantos excluidos, desocupados, subocupados e informales, la potencialidad de otrora de la clase obrera para torcer rumbos decreció hasta una mínima expresión. Por eso para pretender una liberación de los tradicionales poderes internos y transnacionales, se impone una estrategia política que coordine todos esos segmentos (movimientos sociales, cooperativos, civiles, etc.) y minimice la creciente balcanización para concretar la unidad de acción para defender y propiciar los derechos de todos.

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Y el sujeto, ¿cómo se configuró?

Desde el auge neoliberal en los ’90, plasmado por el menemismo en alianza con la derecha conservadora de la UCeDe, que inició un desprolijo -como eufemismo de corrupción- proceso de privatizaciones de empresas públicas estratégicas, el desempleo creció desmesuradamente superando el 18% al promediar esa década.

Muchos de los nuevos desocupados, serían protagonistas en los años siguientes, de los nuevos movimientos sociales, con los que se formaría una nueva central obrera [ Congreso de los Trabajadores Argentinos (CTA)], dado el anquilosamiento de la vieja CGT, incapaz ésta estatutariamente de dar cobijo a los desamparados [despedidos] por los privados en connubio con el Estado, e ineficaz para enfrentar los cambios estructurales que se estaban produciendo.

Algunos agrupamientos sociales fueron capaces de percibir esos cambios de la estructura y generaron nuevas herramientas organizativas para contener esas mutaciones en la clase trabajadora [por ejemplo el MTA: Movimiento de los Trabajadores Argentinos]. Eso impactó en el modelo sindical vigente que encarnaba la CGT, y también dejó impronta en el SUJETO POLÍTICO del campo popular. La adhesión a nuevas formas y disciplinas, apartándose del viejo estilo gremial verticalista y burocrático se fue consolidando, a medida que el empleo informal se fue acrecentando. Ese fenómeno se tradujo en unidad de acción ante los conflictos sociales de todos esos sectores y constituyeron la resistencia más sostenida al menemato, a diferencia de los cegetistas que más bien, acompañaron (sus cúpulas) el proceso desregulatorio y flexibilizador emprendido por el gobierno renegado del peronismo.

La precarización del mundo laboral en estos últimos 30 años fue el signo distintivo, del devenir económico con sus recurrentes crisis, y que, pese a la ‘primavera’ del periodo 2003/2015 donde creció el empleo, se formalizaron muchos asalariados, no se llegó a regularizar para todos las condiciones del trabajo y consecuente posibilidad de progreso. Con el advenimiento del neoliberalismo crudo del macrismo, el retroceso fue notorio, volviendo a golpear al Sujeto Político popular, solo que cada vez más diferenciado entre sectores, y con consignas de alienación cultural como la mítica “meritocracia” o el salvataje es siempre un camino individual.

Todo ello atenta contra cualquier marco organizativo que se quiera instrumentar, para reivindicación emancipatoria y defensa de los intereses de los menos pudientes y trabajadores.  Ello queda demostrado porque no existe aún una unificación de todos los sectores. Otro factor que no coadyuva a la unión es que, bajo el asistencialismo estatal, se desata una puja por beneficios[planes], competencia que, además, debilita la rebeldía.

A su vez, los amparados por la CGT, viven sin mística liberadora ya que están perfectamente encuadrados bajo premisas de la democracia liberal, donde parecería que las luchas son cosas del pasado, y justamente, su combatividad de otra época, fue involuntariamente “transferida” a los movimientos sociales y sus organizaciones ya mencionados.

Ningún bloque de los descritos ha ‘comprado’ el lema de “Un mundo en el que con el simple esfuerzo individual toda la humanidad podía ser feliz”.

De los cuantiosos movimientos sociales organizados, debemos identificar que una cantidad importante de ellos se aproxima ideológicamente a la izquierda tradicional, pero sin ser orgánicos, esto a despecho que las propias expresiones de izquierda o del peronismo movilizado los consideren dentro de su base social. La tendencia mayoritaria, sin embargo, parece preferir la autonomía total. Su independencia partidaria -a nivel organización- no implica naturalmente que los individuos no adhieran a ciertas adscripciones políticas. Tienen sus propios elementos programáticos con los cuales canalizan sus reclamos, exigiendo la institucionalización de planes o programas (emergencia, desempleo, AUH, etc.), o sea, demandan la creación de políticas públicas para atenderlos.

Su despliegue territorial es amplio, especialmente en las barriadas suburbanas. Supliendo de algún modo, la existencia de los antiguos punteros. Tal vez por ese motivo fueron paulatinamente cooptados por las áreas del Estado que controlan la ayuda social y el asistencialismo. Dominan la economía social, pero de un modo fragmentado. Todas estas características definen al sujeto político que el domingo 12 de septiembre, o no se presentó a la votación de las P.A.S.O., o votaron a otras alternativas no oficialistas, como ‘castigo’ por la insuficiencia de la ayuda estatal o, en sus estamentos más jóvenes, canalizaron otro tipo de expresiones de rebeldía, nutriendo izquierdas o, -por muy paradójico que suene- a derecha ultramontana, es decir, antipopular, anti asistencialista.

Una mirada al marketing político de las PASO 2021

La famosa grieta del sistema argentino, que algunos califican de simulacro, no deja de ser la expresión pura y casi irreparable de dos proyectos de país, virtualmente antagónicos: a)- La transformación de la sociedad en beneficio de los sectores populares, tocando los intereses de las fracciones económicas más poderosas o, b)- la resistencia a esa “hemorragia confiscatoria” por parte de estos últimos.

De ese simple esquema, que se repite desde al menos mediados del siglo pasado, colegimos que el sistema se sigue acercando al bipartidismo, tan caro a los ‘demócratas liberales’, que pregonan como solución estable una alternancia entre esas corrientes mayoritarias; el justicialismo y el “liberal-conservadurismo” por el otro. Así se supone como (necesariamente) benefactora la existencia de una política de Estado que se mantiene gobierne quien gobierne. La enorme e injustificada deuda internacional contraída sería uno de sus ejemplos. O sea, de una pretendida continuidad benéfica – como tantos países estables del orbe – pasamos a un compromiso maléfico que limita el poder de acción de quien suceda en la primera magistratura (¿?).

Cuando se trata de proyectos políticos tan incompatibles, y con una porción del electorado pendular, indeciso, o indiferente a la política que, desde el regreso de la democracia no deja de crecer y determinar resultados coyunturales, el efecto que produce no es estabilidad del sistema, tal como aspiran aquellos teóricos, sino todo lo contrario. Políticas erráticas en lo doméstico e internacional, el fenómeno del stop & go, y la pérdida de confiabilidad para el resto de los Estados.

Lo que sí es necesario es consensuar un proyecto de país común, basado en al menos algunos ejes estratégicos generales. No se advierte que estén claramente diseñados a nivel partidario por las alianzas en pugna. Tengamos presente que un proyecto político nacional implica más que un atado de consignas o slogans. Esas transformaciones prometidas en épocas proselitistas, son enunciados que siembran más dudas que crear entusiasmos, incluso cuando transcurre el tiempo y no se modifican las condiciones materiales de existencia, terminan en escepticismo. Gran parte de la sociedad, que no está imbuida de la mística militante y sus sueños, percibe los discursos del “mundo político” como impregnados de sofismas de marketing, y es base del creciente cisma entre la sociedad y la política.

La desazón por la política, conduce a un estado de pasividad del ciudadano común, sujeto político numeroso, solo le resta esperar cada 2 años su participación en las urnas a la cual considera inocua. La “mayoría silenciosa” podríamos decir.

Como se entiende el signo o propuesta de estar cambiando el país, si no se modifican las relaciones ni la estructura de producción, de pensar, de vivir, en definitiva. En el caso de esa alternativa de derecha, no es otra cosa de un conservadurismo retrógrado. En tanto, el escepticismo de muchos puede ser doblegado con un nuevo proyecto de vida, que implica desde ya una postura ideológica clara, que adopten críticamente las mayorías. Algo comparable a los ’70 en el sentido que las prácticas tendieron a modificar culturalmente lo heredado, alejándose del consumismo vano, y reivindicar el equilibrio social y la armonía con el entorno. El “Buen Vivir” o “Vivir Bien” de Ecuador y Bolivia respectivamente pueden ser una referencia.

Presidente de Bolivia supera chequeo médico por cáncer - San Diego  Union-Tribune en Español

Configurando al SUJETO POLÍTICO en sus variantes

No podríamos sostener que los habitantes de ciertas villas sean “libertarios” o adscriptos a la heterodoxa escuela austriaca pro libre mercado, el importante apoyo recibido por Milei, Espert y asociados [Avanza la Libertad], parece ser más bien como reacción positiva a los vociferantes liberales anti política (¿?) como manifestación de bronca y frustración. Un voto castigo irracional desde la pura lógica si se sostiene en las generales, pero hoy es un dato dado.

El resto de los adherentes a esta opción pseudo radicalizada, son un clásico sector de derecha consciente y presente en todas las elecciones desde 1983 (Ucede, Cavallo). Si evaluamos las manifestaciones de apoyo durante la campaña, advertimos que el seguidor de esta derecha reaccionaria es preferentemente masculino y joven (¿contra reacción cultural al feminismo?). La pandemia y sus lógicas inhibiciones o restricciones, que no logran (si no tal vez potencian) calmar la incertidumbre, los miedos, la sensación de encierro, refuerza el ideario libertario, las posiciones “anti sistémicas” expresan el malestar social, que algunos canalizaron como “anti-cuarentenas”, “antivacunas” o simplemente “terraplanistas” (creyentes de teorías conspirativas de alcance mundial).

Otra influencia que reciben los individuos no orgánicos (a ninguna asociación política) es por la sobreexposición mediática de algunos ‘nuevos dirigentes’, que pueden instalar su pensamiento en las audiencias sin mayores costos, tal como los medios corporativos los instalan a ellos en la arena política (Milei, F. Manes, et al.). Esa presencia, garantiza una difusión de su plataforma política, sin perjuicio del nivel de su coherencia.

Otro gran grupo de actores utiliza lo que es un cuño de este tiempo, como son las redes sociales, donde el odio y la intolerancia campean, el anonimato no explica toda la violencia ejercida. Pero los discursos violentos se han ido agudizando paulatinamente y, asistidos por el logaritmo seleccionador de cada plataforma, se agravó el fenómeno del “sesgo de confirmación”, que es la tendencia mental (sesgo cognitivo) a buscar información que respalde los puntos de vista que ya se tiene. Lleva asimismo a las personas a interpretar evidencia de manera que apoye sus creencias, expectativas o hipótesis preexistentes y desconsiderando posibles alternativas. Cuanto más emotivo sean los mensajes o relativos a cuestiones dogmáticas, más fuerte ‘prenden’, absorbiendo como verdades las fake news más inverosímiles. Todo ello fuente de polarización de actitudes, y como irracional, motivo de grietas que separan sujetos que por intereses objetivos deberían estar en el mismo “bando”.

El actor decisivo: LA JUVENTUD

Quienes más han sufrido los rigores de la pandemia, son particularmente los individuos jóvenes no pudientes, pues en efecto, a su natural presunción de inmunidad (falsa, pero relativamente válida) frente a la peste, vivieron las épocas de restricciones con más sacrificios que los adultos y mayores en general. Sus ansias de no ser limitados son perfectamente naturales y sanas. Pero no es lo ‘peor’ que padece este gran sector de la ciudadanía. Su malestar, frustración y bronca se enraíza desde la última década (potenciadas por el periodo macrista) en su falta de oportunidades, como resultado de los problemas socioeconómicos y su retraso para incorporarse al deseado mercado del trabajo. En ese sentido, su animadversión es con el Estado (gobierne quien sea), pues sienten una desatención por parte de aquel (no del todo justificada en virtud de los numerosos planes y programas dedicados a la juventud), y lo más importante, no tienen una guía en cuanto al Proyecto de País proyectado, donde ellos se puedan orientar y preparar. 

La economía en recuperación, aún no se hace sentir plenamente en el mercado laboral, por lo que frustra sus expectativas de buenos salarios o la oportunidad de independencia económica que tanto anhelan. Ese desencanto puede provocar –si no es debidamente revertido por acciones concretas y mensajes ad hoc de parte del gobierno– la cooptación tanto por parte de las ofertas “rupturistas” de la izquierda, como a los cantos de sirena de soluciones facilistas de la derecha, moderada o ultramontana que canalicen su enojo con la realidad actual.

Colofón

Estas son someras caracterizaciones de las variantes del “SUJETO POLÍTICO” sobre los que deberán operar tanto el oficialismo cuanto la oposición, para encuadrar políticamente “fidelizándolos” a unos y otros para lograr apoyo y vigencia.

Para el gobierno la tarea es tan ímproba como necesaria, la LEGITIMAD y la GOBERNABILIDAD en los próximos años, dependen de la eficaz interpelación que el Oficialismo encare en el par de meses que restan para la decisión ciudadana.

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